MOCKUS
Por Rodrigo Valencia Q.
Especial para Proclama del Norte
El domingo 7 de noviembre de 1993, yo publiqué una nota de opinión en este mismo diario, de la cual extraigo estos apartes:
“Es obvio que el profesor Mockus es un tipo lanzado (tiene sus razones temperamentales); dispuesto a sobrellevar, de ahora en adelante, el recuerdo del peso grotesco de su situación. Lo coloca en desventaja frente a la institución, frente a un sistema que pretende de moralizante, equilibrado, ajustado a los honores de la dignidad y la justicia. Pero nada de esto es cierto en el sistema en que vivimos: desde la cúpula hasta la “chusma”, la máscara nuestra desencanta con rasgos fementidos, reprobables y grotescos. Una sociedad grotesca produce hechos grotescos, y el esconderlos es apenas una tapa con adornos para la hipocresía”.
“(…) Pero uno se pregunta si el alcance del “pecado” no mancha, de por sí, a (…) las cámaras responsables de divulgarlo masivamente, también en forma sensacionalista, acusatoria y morbosa (complicidad con lo grotesco, intriga por el “pecado” ajeno)”.
“Cuando Lady Godiva salió desnuda en su caballo por las calles de su ciudad, en plena Edad Media, los ciudadanos se encerraron tras las puertas para no verla pasar. Ahora, todos queremos ver el video de Mockus destapando su trasero, y todos nos indignamos después de haberlo visto. Y tampoco vale taparse la vista farisaicamente. Aquí, la moralidad exhibe dos caretas: una, para ver con intriga inaguantable; y otra, para lanzar la primera piedra. Tal vez la piedra rebota en nuestros ojos (al menos, muchos no somos unos santos)”.
Hasta aquí, lo escrito en esa época. Mucha gente, de moralina farisaica, aún no le perdona este gesto tremendista al profesor Mockus; nuestro país no sufre de amnesia para esas cosas. Y varios años después, reacio a creer en políticos, abstencionista y escéptico de tiempo completo, yo me contagié de la ola verde: había llegado la hora de confiar en alguien. Estoy de acuerdo en que es la personalidad moral de Mockus la principal fuerza que aglutina a sus seguidores. Los programas posibles de los demagogos ya no descrestan; se ha oído mucho de ellos desde hace años, y lo único que han logrado es confirmar su creciente fracaso. Con Mockus, esos discursos de plaza pública pierden toda relevancia; se erige él como una especie de alter ego de la conciencia colombiana, de la buena conciencia, que quiere curar al país de todos los desmanes, trampas y acuerdos truculentos. Y en ello radica la credibilidad que transmite su persona convertida en campaña: un líder que muestra la diferencia hacia la honestidad y hacia la transparencia de las relaciones institucionales; alguien en quien la esperanza no tiene cara de fraude; alguien mesiánico, con fuerza para sembrar la semilla de una verdadera renovación en nuestro país en los actuales momentos.
Lástima, perdimos las elecciones; la conciencia colombiana no se ha configurado todavía para creer que alguien como él puede ser su gobernante. Ganó la unión de las fuerzas tradicionales, que cargan con un lastre de costumbres amañadas para el continuismo, y que aunque no titubean nada en los debates públicos, no ofrecen ninguna visión futurista con sus promesas incumplibles.
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