¿Por qué abandonamos el campo?


Decía mi padre que el maíz se escuchaba crecer, para significar con qué rapidez venía la cosecha para los negros de Itaibe, asentados en un valle bendito. Para ellos, sembrar daba satisfacción en su cocina, solucionaba el bolsillo, les elevaba el espíritu: podían llenar la barriga, suplir las necesidades y tener esperanza. Esos fueron los agricultores del pasado, quienes se apegaban a la tierra, la labraban, la hacían producir, en un larga tradición rota por las afrentas intestinas y, quebrada porque alguien descubrió que la riqueza, el desarrollo estaba en el crecimiento desenfrenado de las ciudades, donde había que invertir para confort y volverlas atractivas.
Mientras países como Chile, Perú, Ecuador tomaron la producción de alimentos como alternativa de desarrollo, se dedicaron a exportarlos, vieron en sus agricultores una vocación productiva; en Colombia, planteando el modelo globalizador industrial, nuestros gobiernos se empeñaron en desarrollar políticas aperturistas, sin considerar la pobre infraestructura, sustentados en la mano de obra fácil, para que la inversión de capital volátil nos inundara, con preferible afectación de las periferias de las grandes ciudades.
El resultado pronto estuvo a la vista: grandes sectores marginales de la población se ubicaron alrededor de los complejos industriales para vender su capacidad de trabajo en la informalidad, en oficios mal pagados, en la prestación de servicios por subcontratos, originando la pauperización de los sectores provenientes del sector rural, por lo general con pobre educación, baja formación técnica, atrasada perspectiva cultural.
Para convertir el país en productor de energía, por ejemplo con la presa de Betania, se inundaron alrededor de 8.300 hectáreas de vocación arrocera y producción bovina, y la del Quimbo inundará unas 9.000 de vocación pecuaria y agrícola. Esta catástrofe, este costo-beneficio no ha sido medido, además del impacto sobre todo el sistema ictiológico del río Magdalena, un hecho que lo estamos viendo en las bajas de producción de artículos de primera necesidad en la alimentación nacional como el arroz, el cacao o las carnes y los lácteos.
En este marco del cuento de la apertura y la globalización empobrecimos al campesino. Ningún joven de proveniencia rural quiere permanecer en su territorio, sienten complejo ante los moldes que el urbanismo les muestra, desprecian el oficio desempeñado por sus antepasados y el flujo hacia los cinturones de miseria de las metrópolis continúa. El campo no cuenta con oportunidades, es pobre el sistema educativo, los mejores docentes, los más calificados se encuentran en las ciudades; los servicios públicos son de pésima calidad; la atención en salud está igualmente concentrada en los centros urbanos; las vías rurales son pésimas aumentando los costos para acceder a los mercados; los campesinos no cuentan con mecanismos expeditos para poner sus productos en manos del consumidor.
Cuando el mundo carece de alimentos, cuando dos tercios de la población mundial muere de hambre, nos damos el lujo de desperdiciar una fuerza productiva que en un momento fue el origen de la más importante fuente de divisas. Hoy más que nunca es importante fortalecer el sector, darle herramientas productivas, tecnificar la producción agropecuaria, mejorar la calidad de vida de quienes viven en el campo. Que nos avergüence morder una manzana o un durazno venido del mercado externo, cuando gozamos de tantas posibilidades de convertirnos en potencia de producción de alimentos, porque el cuento de las locomotoras es pura demagogia.




