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Viernes, 2 de octubre de 2026
lunes 23 enero, 2012 a las 4:53 pm
EL DOLOR DE LA DERROTA

Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano

“Hay golpes en la vida, tan fuertes. Yo no sé”
En el poema Los heraldos negros.
César Vallejo

Estábamos asistiendo a la disputa del final de cuarta ronda de tenis en el Abierto de Australia 2012 en Melbourne. Sorpresas en los resultados, jugadas de extraordinaria factura, gestos de prepotencia o caras de sencillez cuando gana un jugador.

El tenis es un juego exigente que deja ver el alma humana ante las cámaras. En varones o damas. Roger Federer puede estar hoy en el 3 puesto del ranking, aunque en respeto al contendor y dominio de su temple a la hora de dar un golpe definitivo pudiera estar en el primer lugar. Como Del Potro. Eso de manejar el hervor de la sangre, el miedo a perder, la alegría de vencer en un passing shot al contrincante muestra, en vivo, la estatura del campeón o del perdedor.

Las manifestaciones de la satisfacción por una jugada, por su ejecución virtuosa o por el grado de dificultad en que respondió a un ataque, hacen de los jugadores unos actores y de la cancha de tenis unas tablas de teatro. Se viven unas emociones tales que la tristeza por perder o la belleza de un golpe se expresen levantando en alto el puño o rompiendo la raqueta o tirándose al suelo y mesándose el cabello. O, también, haciendo una reverencia de felicitación o de disculpa a quien está al otro lado de la malla.

Y esas emociones se trasladan de inmediato al público que está en la gradería, a quienes transmiten por radio o TV y a quienes oyen y ven la escena. Los ojos ríen, entonces, las manos rabian de alegría, o los corazones se achican de compasión si la jugadora pierde cuando minutos antes el triunfo golpeaba a su puerta.

Eso sucedió ayer domingo 22 en la cancha Rod Laver Arena entre la belga número 11, Kim Clijsters y la china, número 5, Na Li. La primera ganó el primer set y desde el segundo en que Na Li estaba por encima 3-1, todos pensaban ya que remontaría a la belga. Pero, al final, triunfó esta última en el desempate. Qué decepción para Li Na.

En realidad no vi la reacción de Li cuando terminó el partido. Unos minutos más tarde cuando los comentadores de ESPN hicieron el repaso de lo sucedido, mostraron la escena de la conferencia de prensa con Na Li. Una periodista le preguntó si era verdad que había llorado cuando acabó el partido. Li calló por unos momentos y luego dijo: “No hay respuesta”. La periodista, entonces, ripostó: ¿Qué sintió usted cuando perdió? Y entonces ni el pecho ni los ojos de Na Li resistieron los golpes de las preguntas, más fuertes que los de la raqueta de la Clijsters.

Hay momentos en que el mundo se le cae encima a un ser humano, hecho de migajas de azúcar y de arena. Uno queda destrozado, casi aniquilado ante sus propios ojos y ante los extraños. No puede venir un profesional del periodismo a preguntarle, entonces, si es verdad que ha perdido o se le han venido las lágrimas. Eso es cruel y antideportivo. El ser humano es frágil y algunas derrotas lo vuelven rompible, mudo e indefenso. Lo único que le falta es abrazarle, respetarle su caída y ayudarle a levantarse.

23-01-12 – 10:39 a.m.
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