¿QUIÉN MIRA LA VIRTUD EN LA MUJER?
Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
El cine, las películas son un instrumento para transmitir opiniones, tesis, enseñanzas. ¿Quién no ha cambiado la mirada alguna vez por haber meditado a fondo en una escena, por la frase de un personaje, la actitud que muestra un mendigo o un militar o una mujer ante la vida? El séptimo arte es un maestro que descubre velos que los profesores ni los padres hacen ni a sus hijos ni en la escuela.
Dura y larga espera es necesaria para el espectador en la cinta The painted veil para dar la razón a la bella Kitty o al bacteriólogo Walter. La experiencia del matrimonio, las suposiciones culturales sobre el mismo, la diferencia de visiones de cada ser en la pareja, no harán caer el velo que cubrían los prejuicios. Solo las circunstancias permiten que los sentimientos afloren y se puedan poner en la balanza.
¿Es el hombre quien empieza el juego del ajedrez en una pareja que se está conformando? Su condición de macho cabrío o jefe de la mínima mesnada da el primer zarpazo o grito de combate? O, ¿es la mujer con sus encantos quien ofrece en el plato de su aura el punto de quiebre al hombre? ¿A quién atribuirle el mérito o la causa de un pleito o la ganancia?
“Como si un hombre amara a su mujer por su virtud”, – increpa Walter a la esquiva Katie que lo ha seguido hasta la jungla y el cólera, ofendida y con otro amor perdido en su valija de viaje. No quiso Walter una respuesta religiosa a esta queja. Sino que la respuesta que deseaba en lo íntimo de su ser era lo contrario. En el fondo lo que el hombre busca de la mujer es su cara opuesta. Que le arranque de su carcaj a Cupido sus fantasías y le ayude a vencer el mundo con su fuego.
No es por buena, honrada, hacendosa, o trabajadora, por su inteligencia lo que atrae al joven o al gentleman cuando flirtea o intenta una cita con una fémina. Es por su sensualidad, por su osadía o su capacidad de ir más allá de lo esperado y de los límites que traza la sociedad. No es porque es rezandera, fiel o santa o porque le gusta hacer los oficios de la casa y vivir encerrada todo el día.
¿Por qué aparece ya en el primer mito de la historia que Adán sucumbió en su hombría por la manzana que le ofreció Eva? No fue una trampa que se inventó el escritor del génesis para empezar con éxito su primer capítulo, con un tinte casi morboso. No. Es una de las simples verdades que se esconden sutiles en el corazón humano.
Y, ¿acaso, la mujer no desea para sí un hombre en la misma forma? Hombre y mujer somos claro objeto de buenos deseos. Un hombre insípido, mediocre, que no inspira un “mal” pensamiento, nunca fue digno para Circe ni para Cleopatra o la de Saba, ni siquiera para la misma Susana no tan casta.
La escultura, la danza, la pintura, la poesía han retratado a la mujer en su belleza, en todo el esplendor de sus ojos, con la voluptuosidad de su cuerpo y el rojo de sus labios. Esa es la mujer que el hombre buscará por los siglos de los siglos. Las demás interpretaciones son mentirijillas que ni la más tímida niña se las cree.
28-01-12 – 9:51 a.m.
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