
Exorcista y buscador desquiciado del alma contemporánea, cuando la encontró, a través de un arduo y misterioso buscar, se extravió en ella para siempre y fue coronado por los siglos con la belleza escalofriante de unas flores que llamó del mal y que hoy continúan de dejando sobre el aire de los tiempos el efluvio atormentado de una poesía que se alimenta de las grandes catástrofes que inquietan el espíritu humano.
Su biografía es atormentada. Una vida lacerada por una pluralidad asqueanté de miserias y sufrimientos, que en muchos momentos pareció disolverse en laberintos sórdidos y oscuros. Como si su cuerpo y sangre de poeta fuese un pretexto que le permitió a los más inexplorados espacios humanos. Pero retornaba de esos hundimientos como iluminado por una belleza incomprendida y profunda que cristalizaba en sus extraños poemas, belleza y poemas que antes casi nadie había encontrado o intuido.
Como Hölderlin, sospechó que entre más profundo y verdadero es el sufrimiento de la criatura humana, más profunda y verdadera se hace su fuerza y su verdad.
Al existir tatuado y torturado por las miserias de este mundo, y en especial por los nuevos paisajes que imponía esa nueva estructura que conocemos como la ciudad moderna, sintió que su alma se confundía en todas las calles y emergía preñada de una energía que era abismal y pesimista.
Vislumbró para los nuevos poetas de la modernidad las proezas de un oficio soberbio, pero amargo. Vio al poeta como al símbolo y el hacedor de una época que nacía vencida, pero que redefinía casi todas las relaciones del hombre con el mundo. Expresó en un verso soberbio y deslumbrante que el poeta verdadero semeja a un rey de las alturas que desafía el arco y las alturas y aniquila las tormentas del mar, pero que en la tierra pareciera un vagamundo desterrado, burlado en su amargura, puesto que sus alas de gigante le impiden caminar.
Concepciones de tono casi místico la hicieron comprender, en la intima soledad de su ser, que hay una unidad perfecta y profunda en todo lo existente. Que la criatura humana vive y atraviesa un mundo hecho de símbolos vivientes y que hay una enigmática correspondencia entre todos los colores y todos los sonidos; que todo está vivo y que todo se corresponde y se une en un vasto sistema que se expresa como unidad.
Fue transeúnte ansioso y angustiado de los grandes territorios que parpadean como mundos desconocidos en las visiones que prodiga la alucinación. Ahí comprendió la esencia verdadera del color y sus cambiantes elementos, la recomposición del tiempo en los espejos, la infinita expansión de los espacios. Imaginó que con el consumo del opio se conquistan experiencias que derrotan la probable racionalidad de los humanos.
En todo su existir de fugas, de horrores y de falsos amores, de intuiciones sagradas y sacrílegas, anticipó con certidumbre la llegada de los nuevos tiempos y las nuevas formas con las cuales tendría que coexistir y descifrar en su verdad la poesía.
De él se dijo que fue surrealista en la moral, pero sobre todas las cosas, y a manera de afirmación escrita con carne y sueño propio, que fue un hombre que creyó en la poesía por considérala como la manera más digna y exaltante de vivir y comprender la vida.
Sus “Flores del mal”, cuya primera edición se publicó en Paris en 1847, causó escándalo y estremecimiento entre las “buenas conciencias” de la época. Pero son flores que no se marchitan; permanecen frescas y vivas, pues fueron sembradas y cortadas en el jardín siempre inabarcable de las más profundas e inquietantes interrogaciones humanas.
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