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Viernes, 16 de octubre de 2026

Un domingo para mirar de frente lo que ocurrió en Cali

Un domingo para mirar de frente lo que ocurrió en Cali

Alfonso Luna Geller

Daniel Coronell abre su columna de esta semana con una frase de Eduardo Galeano que resume siglos de historia latinoamericana en dos gestos: unos cerraron los ojos para rezar, otros abrieron los suyos con la tierra ya repartida. La imagen sirve de puerta para un relato puntual, casi notarial, sobre lo sucedido el viernes 7 de agosto en la posesión del presidente Abelardo de la Espriella. Vale la pena leer la columna completa antes de seguir estas líneas, porque el detalle importa tanto como la conclusión (https://cambiocolombia.com/los-danieles/articulo/2026/8/el-parpadeo).

El relato describe un orden del día alterado sobre la marcha, un apagón que interrumpe la sesión formal del Congreso, una invocación religiosa que ocupa el lugar de un protocolo legislativo y un presidente que abandona el recinto en la oscuridad para reaparecer minutos después ante tropas, en pantallas, pronunciando un discurso que cierra con una consigna tomada de la guerra cristera mexicana. Coronell documenta cada paso con las actas y los nombres de quienes las firmaron, y sostiene su relato en hechos verificables.

Ese ejercicio de precisión periodística invita a un domingo dedicado a pensar el fondo del asunto. Colombia tiene una Constitución que define al Estado como laico y civil, y que ordena la subordinación de las Fuerzas Armadas al poder político elegido por el voto popular. Esa arquitectura nace de la memoria de lo que sucede cuando esa línea se difumina: la politización de los uniformados, la militarización de la vida pública, el desplazamiento del debate legislativo por la escenografía.

La columna señala un punto que merece análisis detenido: el Congreso en pleno representa al conjunto de los colombianos, con sus matices y sus mayorías construidas en las urnas. Un cuartel representa una función distinta, la de obedecer al poder civil sin deliberar sobre él. Trasladar el centro simbólico de una posesión presidencial de uno a otro escenario modifica el mensaje que el nuevo gobierno envía sobre dónde reside la fuente de su autoridad.

Lo mismo ocurre con la frontera entre la fe personal y la norma que gobierna a todos. La Constitución colombiana protege la libertad de culto precisamente porque no impone ninguno. Esa protección incluye a musulmanes, a evangélicos, a católicos, a agnósticos y a quienes no profesan creencia alguna. Cuando una ceremonia de Estado adopta el lenguaje litúrgico de una sola tradición y lo integra al protocolo oficial, el mensaje trastoca el pacto que sostiene la convivencia entre credos distintos bajo una misma ley.

Estos hechos piden atención sobre las instituciones y sobre las formas que las sostienen. Un país construye su estabilidad sobre la previsibilidad de esas formas constitucionales: el Congreso sesiona según sus reglas, el mando militar responde al poder civil, el templo y el palacio ocupan espacios distintos. Una alteración aislada puede leerse como excepción.

La invitación de este domingo apunta a la memoria activa. Los ciudadanos que registran, comparan y preguntan sostienen la vigencia real de una Constitución en la práctica cotidiana de las instituciones. Coronell cierra su columna con una advertencia sobre el parpadeo: la oscuridad breve que permite que las cosas cambien de lugar sin que nadie las vea moverse. La tarea de una sociedad vigilante consiste en mantener los ojos abiertos precisamente en esos instantes.

Colombia ha atravesado tránsitos difíciles y ha conservado un aprendizaje institucional que costó generaciones construir. Ese aprendizaje depende de la costumbre de mirar con cuidado cada gesto de quienes ejercen el poder, con la sobriedad que exige un domingo dedicado a pensar en el país que viene.


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