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jueves 5 abril, 2012 a las 7:10 am

EL DESVELO DE LOS SANTOS

Rodrigo Valencia Q
Especial para Proclama del Cauca

Los místicos son legítimos seguidores de su Dios; buscan en silencio, en el anonimato, lejos de las apariencias y de las multitudes confundidas; en secreto, en el espejo íntimo de la conciencia, en aquellos recodos de la inteligencia y la naturaleza humana que son oráculos que brillan desde adentro. Allí encuentran a su Dios y entienden los signos misteriosos, los idiomas angélicos, la “lengua de los pájaros” y los escritos jeroglíficos, pudiendo así descifrar el Reino. Saben que la cruz es la estructura que sujeta las fuerzas del espíritu y que el desvelo de los santos es cosa que no lo sabe nadie, y puede que ni aun ellos mismos. Se entienden mutuamente en el silencio, dosis infinitesimal de la revelación eterna; pertenecen a los que saben pero quizás no hablan, porque tal vez el mutismo es sello de la divinidad y porque entienden que la terquedad de los profanos es el propio límite que los separa de la sagrada dimensión. Siguen al Maestro hasta el último momento, cuando lo alzan en la cruz, cuando lo atormentan con la lanza en el costado, cuando dice: “Señor, perdónalos porque no saben lo que hacen”; y encuentran a su profeta en el desierto; han visto que su sombra es una luz, una fuerza que se interna entre las sombras; y hallan parte del sol en sus entrañas, de donde surge como un fuego misterioso, como un sangrante corazón en llamas; y desde entonces abren los secretos de la muerte y no vuelven a recordar sus antiguos nombres, porque el hombre viejo en ellos ya no cuenta desde que el Santo de los Santos les revela, en una “piedrita blanca”, sus nombres verdaderos, con los cuales forman parte del seno de los elegidos.

Sabios en la eternidad de los tiempos, sangran sin embargo en la noche oscura del alma hasta que se sienten como olvidados por su Dios. Imprecan entonces con pena pero con paciencia: “Señor, ¿por qué me has abandonado?” Y luego retornan con ojos encumbrados, con rayos luminosos en la frente, palabras desconocidas y sellos de misterio en sus visiones. Han abierto el Sancta Sanctorum; descorrieron el velo y entraron en lo Inefable; lavaron las vestiduras, vieron la escalera por donde suben y bajan los ángeles, hollaron el camino desconocido; el éxtasis los vuelve de otro mundo, invulnerables a las miserias de esta vida, intocados en la dimensión inexplicada, en el espacio sin nombre de las cosas del Altísimo. Ven lo que no se ve, oyen lo que no se oye, tocan lo que no se toca; alcanzan la “Corona de la Vida” y quisieran que el resto de la gente acoja sus palabras proféticas, esas claves del enigma, contraseñas para el Reino de lo Santo, “lejos del mundanal ruido, por el camino por donde han ido los pocos sabios que en el mundo han sido”, un sendero intocado aún por los milenios, sólo saboreado por los extraños sabios del adentro…

El escondrijo de los santos, el “lugar secreto del Altísimo”, es algo acerca de lo cual las multitudes no sospechan nada. Por eso, cuando el ángel dio a San Juan una vara para que midiera el santuario, le dijo: “Pero en cuanto al patio que está fuera del templo, échalo fuera y no lo midas, porque ha sido dado a las naciones…” Sin embargo, ingenuas multitudes creen que han gustado los visos angélicos del secreto; no hemos entendido que siete sellos cubren aún esta funesta existencia explayada en el afuera de las cosas, y que el Uno mora en el secreto, allí donde “un río alegra la ciudad de Dios”, donde ellos “adoran al Señor en su santuario hermoso”… y allí han conocido el misterio de su Nombre.

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