La narrativa de las narrativas

Ahora resulta que todo es narrativa. No hay realidad, solo narrativas. No hay mentiras, solo narrativas. No hay verdades, solo narrativas. No hay denuncias, solo narrativas. No hay excusas, solo narrativas. No hay evidencias, solo narrativas. No hay fraude, solo narrativas. No hay corrupción, solo narrativas. No hay fascismo, solo narrativas. No hay guerrilla ni paramilitares, solo narrativas. No hay pobreza, ni exclusión, ni marginalidad, ni nada: solo narrativas. Hace más de medio siglo, cuando las Humanidades y las Ciencias Sociales se interesaron por estudiar la complejidad del discurso, se develó que con éste se construye realidad, pero hoy todo es narrativa y nada más, padecemos su tiranía. Es el imperio de las noticias falsas y de la producción de contenidos ficticios con inteligencia artificial.
Verdad y narrativa
«Cuando todo se llama narrativa, la mentira deja de avergonzarse y la verdad comienza a parecer sospechosa.»
Ojalá todos supiéramos que ya no se transmite información, sino que se le da sentido a la realidad para conectar emocionalmente con las masas, moldear la opinión pública y construir identidades en un mundo digital sobresaturado de información, donde los datos ya no son suficientes y se recrean y se manipulan y se moldean y se transmiten y se retrasmiten a conveniencia. No hay contexto, no se pregunta, no se sospecha, no se verifica, no se contrasta y menos se rectifica. Toda argumentación es calificada como narrativa, todo argumento es descalificado como narrativa. No hay afirmaciones, solo acusaciones. No hay un solo momento de mesura en la vertiginosa pulsión de transmitir volúmenes indigeribles de información para una mayoría que repite y viraliza.
Colombia —y buena parte del mundo— padece de eufemitis, una afección que está matando el pensamiento crítico: el uso indiscriminado y manipulador del eufemismo. Nadie le paró bolas a la postverdad y ahora vivimos en un mundo lleno de mentiras. Ya no hay propuestas en las campañas, solo narrativas. Se instalan como redes con múltiples anzuelos para pescar incautos. Basta repetir un lema, para que no se requiera argumento alguno. Basta un video de diez segundos en redes sin prueba alguna, para condenar a alguien o instalar una idea. Basta una imagen y un par de palabras. No bastan los hechos y la realidad tozuda, porque el eufemismo lleva al fanatismo y éste al estatismo mental que sentencia sin pensar. Los algoritmos lo definen todo. Un escándalo es más efectivo que una disertación bien estructurada.
El juicio viral
«Un video de diez segundos puede imponer una condena antes de que los hechos tengan tiempo de hablar.»
Sin duda alguna la estupidez va ganándole la partida a la ignorancia. La verdad se distorsiona y adapta para que encaje en el relato que pretende imponer la narrativa. La Lingüística nos mostró que el lenguaje en situaciones determinadas tiene significados e impactos diferentes. La Sociología, que los diálogos institucionales calan más y mejor si se hacen desde el habla informal cotidiana. La Antropología, que la estructura de cuentos y mitos populares es tremendamente efectiva. Y la Psicología, que hay una estrecha conexión entre el habla y el conocimiento. Y ahí va la mayor parte de la sociedad, como rebaño al matadero, víctima de viejas estrategias y nuevos medios tecnológicos hacia el despeñadero, saturada de información y sin la capacidad de discernir entre lo que es verdad o mentira.
Ante esta epidemia eufemística y sus mutantes toxinas como la neolengua, el glotovirus, la eufemodenia y el síndrome de edulcoración, solo nos salva el ACD, el Análisis Crítico del Discurso; pero se impone otra narrativa: ¡el que quiera estudiar que pague! Adiós.
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