El circo de las alianzas.

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La vieja política posee un instinto casi animal para sobrevivir.
Muta, se acomoda, cambia de discurso y de aliados con una facilidad sorprendente.
Pero en esa carrera desesperada por mantenerse viva, termina exhibiendo su peor rostro: el de una estructura capaz de tragarse sus propias palabras, sus supuestos principios y hasta la dignidad de quienes la representan.
Durante meses vimos cómo las dos campañas de extrema derecha se despedazaban públicamente.
Se acusaron de corruptos, incompetentes, peligrosos, mafiosos, mentirosos y hasta enemigos de la democracia.
Cada discurso parecía una guerra.
Cada debate, un campo minado de odio cuidadosamente calculado.
Sus seguidores aprendieron a insultarse, a despreciarse y a verse como enemigos irreconciliables.
Pero bastó que el reloj electoral avanzara un poco para que ocurriera «el milagro» más viejo de la política tradicional: los enemigos mortales aparecieron abrazados frente a las cámaras, sonriendo como socios de toda la vida.
Y entonces el país entendió algo doloroso: el odio no era ideológico, era estratégico.
La indignación no era ética, era publicitaria.
Las acusaciones no nacían de principios, sino de conveniencias temporales.
La política convertida en circo.
Un escenario donde los mismos actores cambian de máscara según la función del día.
Ayer, se insultan con ferocidad teatral y hoy comparten tarima, contratos, intereses y aplausos.
Los discursos incendiarios terminan convertidos en brindis privados entre quienes jamás dejaron de parecerse.
El problema no es solamente la incoherencia.
El problema es el desprecio absoluto por la inteligencia de la gente.
Porque mientras el pueblo discute, pelea y rompe amistades defendiendo colores políticos, las élites tradicionales hacen lo que siempre han hecho: reorganizarse para no perder el poder.Cambian de aliados como quien cambia de vestuario detrás del telón.
Y quizá allí aparece lo más retardatario de la condición humana: la incapacidad de sostener principios cuando el poder toca la puerta.
La degradación moral de quienes son capaces de destruir al otro públicamente y luego estrecharle la mano sin vergüenza alguna, como si la dignidad fuera apenas un accesorio de campaña.
No es política seria.
Es oportunismo maquillado de institucionalidad.
Es teatro barato disfrazado de democracia.
El circo no termina cuando se apagan las luces del escenario.
El verdadero espectáculo comienza cuando los mismos que gritaban “salvar la patria” terminan repartiendo camerinos entre bastidores.
Y mientras ellos negocian sus alianzas de supervivencia, el pueblo descubre, una vez más, que fue usado como público emocional de una función donde los aplausos eran para los mismos de siempre.
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