Las instituciones contra la democracia

Imagen por: https://chatgpt.com/
Cuando Gustavo Petro fue elegido presidente por voluntad popular en las urnas, comenzó a fraguarse, desde distintos sectores institucionales, una de las operaciones más maquiavélicas contra un gobierno elegido democráticamente: bloquear sus reformas y sabotear el mandato que millones de colombianos respaldaron en las urnas fue la consigna de los poderosos.
Allí estuvieron los llamados “guardianes de la Constitución”, que terminaron convirtiéndose en violadores de la misma Constitución que dicen defender y proteger.
Desde el inicio intentaron derrotarlo de mil maneras. No solo desde la brutal oposición tradicional, sino también desde sectores cercanos al propio proyecto político, donde algunos siempre miraron con recelo y ambición la silla presidencial, convencidos de que ese lugar debía pertenecerles a ellos y no al presidente.
Las instituciones politizadas, muchas de ellas alineadas históricamente con la extrema derecha, sabotearon cuanto oliera a justicia social, dignidad para los pobres o derechos para los excluidos. Todo aquello que buscara beneficiar a la población olvidada durante décadas fue convertido en motivo de ataque, sospecha y persecución.
Que el presidente Petro quisiera dignificar a la clase trabajadora y a los sectores más humildes terminó siendo tratado casi como un delito por quienes han administrado el poder para unos pocos.
Las reformas sociales encontraron toda clase de talanqueras levantadas desde las cortes, los organismos de control y un Congreso profundamente desprestigiado.
Hablemos, entonces, de las mayorías en el Congreso, esa institución desconectada del sufrimiento popular, que muchas veces pareció actuar en orquesta con sectores de las altas cortes para impedir cualquier transformación profunda del país.
Pero, pese a ese enjambre —no de abejas, sino de intereses, odios y mala intención—, el presidente salió airoso de muchas de esas cuevas tenebrosas del poder.
Y está terminando su gobierno con una aprobación que desespera a sus enemigos políticos, porque demuestra que una parte importante del pueblo reconoce en él a un dirigente que sí intentó gobernar para los de abajo.
Ahora, mientras se acerca el final de este ciclo político, el país empieza a mirar hacia quien podría dar continuidad a ese proyecto de transformación.
Y muchos colombianos ven en Iván Cepeda al heredero político de una propuesta que puso en el centro al pueblo humilde, al que durante décadas solo hicieron aparecer en las estadísticas y no en las prioridades del Estado.
La nostalgia empieza a asomarse en millones de ciudadanos que sentimos cercano el final del gobierno Petro.
Va a doler el alma cuando ya no esté como presidente; estamos seguros de que la vida lo recompensará.
Pero también nace la esperanza de que el proyecto político de la dignidad, la memoria y la justicia social no termine aquí.
Y junto a esa nostalgia queda también un sentimiento profundo de gratitud.
Gratitud genuina hacia el presidente Gustavo Petro, porque, más allá de los ataques permanentes, millones de colombianos sienten que, por primera vez, un mandatario habló de ellos, los miró y los hizo visibles.
Gracias, presidente Petro, por dignificar al pobre en un país donde durante décadas la pobreza fue paisaje y no prioridad.
Gracias por abrir debates que antes eran prohibidos y por enfrentar poderes que parecían intocables.
Gracias por esa generosidad sin límites.
La historia será la encargada de juzgar este tiempo, pero muchos ya tienen la certeza de que su nombre, señor Gustavo Petro, quedará escrito con letras de oro en la historia de Colombia, no por servir a las élites, sino por atreverse a gobernar pensando en quienes siempre fueron excluidos.
Dios continúe guiando tu vida y tus pasos, señor presidente.
Otras publicaciones de Stella Ramirez G. en Proclama del Pacífico:




