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Sábado, 3 de octubre de 2026

La perversidad de la grúa no educa

La perversidad de la grúa no educa

Luego, ése no es el sistema

La perversidad de la grúa no educa
Alcalde Eduardo Grijalba; secretaria de Movilidad, Helen Vanessa González Torres.

Alfonso Luna Geller

La llegada de la abogada Helen Vanessa González Torres a la Secretaría de Movilidad de Santander de Quilichao no puede interpretarse como un simple relevo administrativo; debe asumirse como la oportunidad inaplazable para un cambio de paradigma. Si bien en su agenda destacan retos técnicos como la mejora del flujo vehicular y el fortalecimiento de la cultura vial, su verdadera responsabilidad histórica radica en desmontar un esquema que se ha probado inútil y desgastado. A la nueva funcionaria le corresponde la tarea de reformular la autoridad en las calles: pasar de un modelo que depende de la persecución y el azar, a uno que convoque a la convivencia y a la participación cívica. El tránsito urbano no se ordena con emboscadas, sino con civismo. Por eso, es urgente revisar lo que está ocurriendo hoy en nuestras vías.

La escena se repite a diario en nuestras calles como una rutina desgastada. Las vías, atestadas de motocicletas mal parqueadas, se convierten en un obstáculo para la movilidad. De repente, aparecen los agentes de tránsito. Suenan los pitos, se encienden las sirenas y ocurre la desbandada.

Como en un juego del gato y el ratón, los dueños de los vehículos corren a moverlos. La calle queda despejada apenas unos minutos.

En medio de la estampida, siempre queda alguien «de malas». Un ciudadano que estaba más lejos, que no escuchó el pito o que tardó un segundo más. A ese, implacablemente, le echan la moto a la grúa. La sanción económica, sumada a los costos de patios y arrastre, a veces supera el valor comercial del mismo vehículo. Esa persona sabe que estaba cometiendo una infracción, sí, pero también ve cómo otras cincuenta motos en la misma cuadra quedaron impunes.

Aquí radica el detonante del conflicto. No es el control lo que genera la violencia, es la injusticia y la falta de equidad. La víctima, al ver su moto sobre la grúa, observa con impotencia cómo los otros cincuenta infractores no fueron sancionados. Siente que él solo está pagando por todos. Esa percepción de desigualdad, esa inequidad manifiesta donde la ley no es para todos sino para el que cae por azar, para el “más de malas”, produce una indignidad y una rabia que inevitablemente se traduce en agresividad contra los guardas.

Pero lo más grave es que el operativo resulta técnicamente inútil. Tan pronto la grúa se retira con la moto que le financia el viaje, casi instantáneamente regresan al mismo sitio los otros cincuenta que se habían apartado mientras pasaba el chaparrón. Inclusive, regresan más, porque intuitivamente saben que «por allí ya pasó la grúa» y tienen vía libre.

Es la confirmación del ciclo eterno del gato y el ratón y de la anarquía permanente de la movilidad.

El solo sentido común indica que ese sistema no sirve para lo que creen que sirve; contrariamente, es un aliciente para el caos, pues enseña que la norma desaparece apenas la autoridad dobla la esquina.

Lo grave es que la percepción generalizada es que la institucionalidad mantiene este esquema porque es rentable. Las multas sostienen a las grúas y a los contratistas, creando un incentivo perverso donde el éxito de la autoridad se mide por cuántos vehículos se inmovilizan y no por qué tan fluido es el tráfico en la ciudad, que debe permanecer caótico para que sea rentable.

No pretendo insinuar que la autoridad debe desaparecer. Absolutamente no. También entiendo que la solución no es llenar cada cuadra de agentes con libretas de comparendos. Pero no se puede negar que la presencia del guarda hoy sirve para espantar, no para controlar, y mucho menos para educar.

La verdadera solución, aquella que es estructural y no cosmética, radica en cambiar el paradigma: del castigo aleatorio a la Cultura Ciudadana.

Necesitamos replantear el rol del agente de tránsito. Su función no debe ser el choque permanente ni la cacería furtiva. El guarda debe ser un orientador, una figura de autoridad que intervenga en emergencias, que agilice la movilidad y que, ante todo, eduque. Pero esto exige también un compromiso del ciudadano. El orden vial no se logra cuando todos temen a la grúa, sino cuando todos entienden que el espacio público es sagrado y compartido.

La solución es la educación vial constante, la señalización clara y la conciencia de que una ciudad no es más civilizada porque tenga más multas, sino porque sus habitantes aprendieron a respetar las normas por convicción, no por miedo a ser el próximo «de malas» en caer en la trampa de la inequidad.

Ese es el sistema que necesitamos. El otro, el actual, ya demostró su fracaso.


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