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Viernes, 2 de octubre de 2026

Las emociones son pasajeras

Las emociones son pasajeras 2

Alfonso Luna Geller

Las emociones son pasajeras porque responden al impacto inmediato de los hechos, no al análisis reposado de sus causas. Son impulsos que nublan el juicio y empujan a decidir por rabia, miedo o simpatía momentánea.

Como son tan pocas las personas que estudian antes de votar y tan numerosas las que reaccionan emocionadas, los profesionales de la política electoral han diseñado toda clase de estrategias para agitar la emoción colectiva.

Una de ellas es el uso de encuestas concebidas no tanto para entender a la ciudadanía, sino para servir a los intereses del poder económico, creador de las encuestadoras: se convierten en herramientas para garantizar que el poder político permanezca en manos de quienes ya detentan el poder económico y social del país.

El caso Petro, con estallido social de fondo es harina de otro costal…

En consecuencia, resulta lógico que quien dispone de ciertas herramientas las use en su propio beneficio. Las encuestas son instrumentos precisos no solo para medir, sino para influir: permiten orientar, manipular y movilizar a una opinión pública desprevenida en medio del ajetreo electoral hacia objetivos previamente definidos. Los resultados generan emociones y esas emociones se transforman en intención —y luego en posibilidad real— de voto casi devoto.

Este fenómeno tiene una explicación sencilla: la mayoría de los ciudadanos solo cumple con su deber cívico el día de las elecciones, cuando vota por quien satisface unas expectativas íntimas que le han sido inyectadas de antemano. Por eso, meses antes de ir a las urnas, aparece la combinación ya conocida: presión mediática (incluidas las fake news), presión o persecución jurídica (lawfare), bodegas de desinformación y encuestas, todas operando en conjunto sobre un electorado saturado, pero poco informado.

Las emociones son pasajeras

En la primera medición de intención de voto realizada para Blu Radio y Noticias Caracol, una firma encuestadora, a seis meses de la primera vuelta presidencial, mostró una supuesta consolidación del proyecto progresista al mando del senador Iván Cepeda, con un registro del 31,9% de preferencia de los consultados, frente a un 18,2% de Abelardo de la Espriella, y un 8,5% de Sergio Fajardo.

Ese es el primer movimiento de la estrategia: producir un resultado contundente que capte la atención positiva del futuro electorado y despierte entusiasmo alrededor de la medición.

Los simpatizantes de Cepeda, en buena medida cercanos al actual gobierno, se llenan de emoción con ese dato y empiezan a confiar, no solo en el candidato, sino en la encuestadora. Los vuelven hinchas de los resultados. Una vez capturado ese sector de la opinión, digamos el campo de la izquierda, viene la segunda parte del libreto: sucesivas encuestas que, poco a poco, van bajando del pedestal al ganador inicial. Poniéndolo en su sitio.

Así, cuando estemos más cerca del día electoral, la misma firma puede presentar como ganador a quien realmente representa los intereses de sus dueños. Para entonces ya tendrá un público previamente trabajado, al que le costará mucho contradecirse y admitir que la encuesta miente. Por una suerte de “ética” mal entendida, muchos terminarán votando por aquel que la encuestadora —más que la encuesta— les fue señalando como el ganador posible.

Ese mecanismo tiene nombre: es el efecto arrastre, una forma de manipulación emocional del voto. La encuesta se presenta como una “fotografía objetiva” de la realidad, pero termina funcionando como guion: le dice al ciudadano no solo cómo están las cosas, sino cómo “deberían” quedar. Muchos no quieren “perder el voto” ni quedar por fuera de la mayoría ganadora, y terminan alineándose con lo que la encuestadora anuncia.

Así, lo que debería ser una herramienta técnica para orientar el debate público se convierte en un dispositivo para administrar emociones: ilusión, miedo, presión de grupo, sensación de triunfo anticipado. No es la razón la que decide; es el deseo de estar del lado del supuesto ganador. La encuesta deja de medir la opinión y pasa a fabricarla. Y cuando el voto nace de esa manipulación, ya no es un acto libre, sino el resultado de una ingeniería calculada sobre la emoción colectiva.

Las emociones son pasajeras

 

Una demostración contundente para corroborar que la estrategia es reiterativa, podría ser lo que publicó la revista Semana en octubre del 2001: “Se escapó Serpa”: En la Gran Encuesta de SEMANA, El Tiempo y RCN el candidato liberal les gana a sus dos rivales sumados. El panorama político acaba de cambiar. Hasta la semana pasada las encuestas invariablemente le daban a Horacio Serpa alrededor del 33 por ciento de las intenciones de voto de los colombianos y una ventaja de unos 10 puntos sobre el segundo. No obstante, la Gran Encuesta de SEMANA, El Tiempo y RCN radio y televisión, en la cual se escogió sólo a los ciudadanos que seguramente votarán, revela que el candidato liberal les lleva mucho más terreno ganado a sus contrincantes: con 41,2 por ciento, casi dobla a Álvaro Uribe Vélez, que tiene 23,4 por ciento, y a Noemí Sanín, con 16,2 por ciento». ¿Sabes quién ganó esas elecciones del 2002?

Las emociones son pasajeras; las decisiones que se toman bajo su efecto no. Duran cuatro años —o más— en forma de leyes, impuestos, recortes, privilegios, corrupción y violencias que recaen sobre los mismos emocionados electores. Por eso, cuando el ciudadano se deja conducir por la encuesta de turno, por la moda ideológica del momento o por el odio que le sembraron, no solo está renunciando a su criterio: está entregando, en silencio, el derecho de otros a vivir mejor.

¡Un momento! Puede ser que esté equivocado en este análisis. Si alguien me hace caer en cuenta de ello, con argumentos, bienvenido, lo escucharé con gratitud. Pero lo que aquí escribo no nace de un arrebato ni de un cálculo técnico, sino de la experiencia de un ciudadano que ha visto repetirse el mismo libreto en los últimos 70 años, lo cual me permite resumir lo que se ha venido cocinando elección tras elección.

Lo digo porque sé que este texto incomodará a técnicos, estadísticos, dueños de encuestadoras, estrategas y políticos profesionales. Es comprensible: a nadie le gusta que le cuestionen las herramientas con las que ha aprendido a mover emociones y administrar votos.

Yo, por mi parte, solo soy un viejo que sigue creyendo que la democracia es más que encuestas, merece algo más que decisiones tomadas en caliente.

Si este editorial sirve, aunque sea a una persona, para detenerse unos segundos antes de marcar el tarjetón y preguntarse si está votando con la emoción o con la conciencia, habrá cumplido su tarea. La diferencia no es menor: un voto emocionado sirve para desahogarse; un voto informado sirve para construir futuro.


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Alfonso J. Luna Geller
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