

En un escenario global acostumbrado a la diplomacia cautelosa y a las declaraciones que suenan bonito sin decir ni proponer nada, la voz del presidente Gustavo Petro irrumpe con una potente fuerza ética, dejando al descubierto la hipocresía y la falta de humanismo de amplios sectores que conviven armónicamente con la barbarie, con tal de tener la bendición de una visa y el permiso para blanquear dineros mal habidos en la impoluta banca gringa.
Las recientes intervenciones de Petro (en la Asamblea de la ONU y en las calles de N.Y.), intencionalmente sacadas de las convenciones y los protocolos estériles de la ONU y de la opinión corporativa, no fueron discursos incoherentes ni delirantes, tal como pretende desdibujarlos la incompetencia mental de sus opositores; fueron actos de valentía disruptiva al señalar en público y frente a las élites del mundo, esas verdades que se han sabido desde siempre, pero que nadie, hasta ahora, se había atrevido a denunciar.
Petro le exige al mundo (incluida Colombia, por supuesto) lo que muchos líderes se han negado a verbalizar: la defensa urgente e incondicional del pueblo palestino, del pueblo latinoamericano (incluido el colombiano, por supuesto) y de la humanidad, situando la vida y la dignidad por encima de los cálculos políticos y los intereses comerciales de la agroindustria, el latifundismo, el narcotráfico, la minería y la industria armamentística.
El actual presidente de Colombia denuncia con rotunda claridad la ineficacia de la estrategia diplomática de Estados Unidos y la OTAN, evidenciada en la permanencia de los conflictos que hoy desangran la conciencia global. En Gaza, la propuesta de Trump, Macrón y demás, ha sido incapaz de detener lo que numerosos organismos internacionales califican como crímenes de guerra y una crisis humanitaria catastrófica. La diplomacia de las sanciones y las bombas se revela, una vez más, como un camino sin salida, un ciclo de violencia que Petro se atrevió a señalar como genocidio desde el día uno.
Para horror de la arrodillada y corrupta derecha colombiana, el presidente Petro denunció las intenciones abusivas y peligrosas del gobierno de Donald Trump, quien, con la excusa de una «guerra antidrogas» a la que analistas políticos, sanitarios y económicos han calificado como un fracaso monumental, amenaza con iniciar conflictos armados en Latinoamérica, con el único propósito de poner en las presidencias de Colombia y Venezuela a personajes títeres de la derecha o de centro, proclives a las rodilleras, que le permitan apropiarse de las inmensas reservas petroleras del vecino país y mantener la hegemonía policial del continente a través de las bases militares en suelo colombiano, a cambio de que los partidos tradicionales vuelvan al poder para seguir tranzando y robando.
Lo que realmente disgustó a Trump y a su ejército internacional de lamebotas de la centroderecha internacional (incluida la colombiana, por supuesto) fue que Petro dejara al descubierto, frente a los ojos y oídos del mundo, una estrategia antidrogas que ataca deliberadamente al eslabón más débil: la pobreza campesina que sobrevive del cultivo de hoja de coca, mientras los verdaderos jefes del narcotráfico, los capos de la distribución y el lavado de activos, transan sus billonarias ganancias en la gran banca mundial, un entramado financiero cómplice que opera con impunidad en los centros del poder económico.
El verdadero terror para la oposición política, mediática y empresarial de Colombia llegó a su máximo tope, cuando Petro expuso los vínculos innegables entre las estructuras criminales y los políticos de centro y derecha nacional, los mismos políticos y políticas (congresistas y alcaldes) que, en una alianza vergonzosa con congresistas republicanos de Estados Unidos (de origen latino, pero con una agenda profundamente anti colombiana), continúan intentando defenestrar al gobierno del Pacto Histórico, a través de una oposición que no es programática, sino visceral, que ha saboteado cualquier avance hacia la paz total y la justicia social.
La patética celebración de estos sectores porque Donald Trump le haya retirado la visa a Gustavo Petro es la prueba definitiva de su mediocridad y su falta de humanismo. Este trámite diplomático-administrativo es un símbolo político que demuestra que la voz incómoda de Petro, la que denuncia el doble rasero, la hipocresía y los intereses ocultos, está logrando su objetivo: sacar los trapos sucios al sol y que, al hacerlo, se convirtió en el blanco perfecto para poner el ejemplo de lo que pasa cuando no se obedece al imperio.
Con el acto de retirarle la visa gringa, la centroderecha internacional graduó a Gustavo Petro como una de las pocas voces con la autoridad moral y la valentía disruptiva necesarias para exigir un nuevo orden global, donde la vida, la paz y la dignidad de los pueblos estén por encima de las convenciones inútiles y las guerras fallidas.
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