CONSTRUCCION DE PAZ DESDE EL NORTE DEL CAUCA
Por: Jorge Muñoz Fernández
Obra de la pintora Elvira Muñoz, España.
Los colombianos y colombianas no queremos un país donde nuestros hijos sean reclutados para la guerra por razones políticas, ni enrolados en las filas de la violencia de manera insensata, para que al final terminen sus vidas glorificados como héroes, en el anonimato de la selva o en la conciencia mediática de la nación.
Jorge Muñoz Fernández
El apoyo del Gobierno Departamental del Cauca que preside el Dr. Temístocles Ortega Narváez a la movilización por la paz en el Norte del Cauca, con una perspectiva que involucre a la región caucana, vallecaucana y chocoana, se inscribe en lo que los ingleses han denominado “Peace-Buillding”, que interpretamos como construcción de paz.
Y si bien es cierto que el concepto se aplica en los procesos de reconstrucción social cuando los conflictos han sido superados mediante el uso de la fuerza o la tramitación pacífica, la iniciativa nortecaucana de paz, liderada por los alcaldes, se inserta en el propósito de superar el conflicto mediante la intervención del Estado y los actores del conflicto, creando un clima de exigencia y reclamación ciudadana que comprometa la voluntad política de los actores históricamente comprometidos en la confrontación para garantizar una paz duradera.
Construir paz significa para el Gobierno Departamental promover pedagogía para la convivencia pacífica, transformar los desequilibrios económicos en un orden social superior, insertando las regiones al bienestar y el desarrollo, no solamente económico sino con sentido de seguridad y desarrollo humano.
Ya en Grecia la diosa de la paz estaba asociada con las diosas de la Fortuna y la Abundancia, alegoría que otorga poderosa razón el Presidente Santos cuando hace pocas semanas expresó: “Si hay paz, a este país no lo para nadie”. Y es por esa vía que el multimillonario presupuesto para la guerra puede convertirse en presupuesto para la salud, la educación, el techo, el trabajo, la fortuna, la abundancia y la democracia. Democracia sin miedo y avanzando hacia la igualdad social, donde el voto popular no sea un instrumento político inerme, inoperante e inútil, sino la más alta expresión política de la autonomía ciudadana.
Deslegitimar la violencia, mediante movilizaciones por la no violencia, con programas sociales para que la guerra sea abolida, es una obligación moral e histórica del Estado, en cuyo apoyo los empresarios, los movimientos sociales, las iglesias, los partidos y organizaciones políticas, culturales y ciudadanas están comprometidos.
Si la soberanía reside exclusivamente en el pueblo, si “la paz es un derecho y un deber de obligatorio cumplimiento”, si la participación es un derecho de todos en la construcción de las decisiones que afectan la vida de la nación para salir del abismo, la degradación del conflicto, la irracionalidad de la muerte contra la población civil, el Cauca se está movilizando por una paz cierta, positiva, sin trampas ni fraudes, que le permita a los colombianos creer y tener la certidumbre que si hay paz política y se construye paz social, “Peace Buillding”, a “este país no lo para nadie”.
Más de medio siglo de una guerra de baja intensidad que ha producido formidables cronistas, orgullosos fotógrafos, imágenes terribles, laureados ideólogos, historiadores lúcidos y no pocos presumidos, periodistas especializados en ocultar verdades o revelarlas y dosis diarias de pesadillas mortales, consumidas mediáticamente como algo natural.
Guerra insensata, bestial, sucia, hecha sólo para los que matan y las familias de los que mueren en los mercados de la sangre, en cuyos escenarios nacionales a internacionales los mercaderes de las armas se recrean con la perpetuación de los conflictos.
Al frente de la guerra, en la vanguardia, están los combatientes, no hay periodistas, ni notables, ni los hijos de la élite del país, ni intelectuales, ni malquerientes de la paz, ni fogoneros del odio, ni energúmenos que se deleitan contando bajas o celebran la muerte de policías y soldados o guerrilleros. Al frente de la guerra está la población civil, agredida constantemente, los indígenas, los pequeños mineros, los desheredados del progreso, los pescadores, las comunidades negras y campesinos desplazados a los tugurios físicos y covachas sociales: “Los condenados de la tierra”. Los cadáveres de colombianos que antes fueron hijos, hermanos, vecinos, compañeros, padres, madres, parientes y amigos caídos en la vorágine de un conflicto insensato.
Los caucanos no podemos ser notarios, ni amanuenses, ni escribanos de las víctimas de la guerra, – Gobernador del Cauca -, como agredidos, desplazados, asesinados o ejecutados, es tiempo del poder integrador, que permita obedecer a la paz y no a la guerra, con la más alta de las motivaciones éticas y morales, cuestionando todo tipo de violencias, – incluida la estructural, – pues matar por mandato ideológico emancipador, o en nombre del Leviatán del Estado, cuando el diálogo es viable y creíble, y no ha sido rechazado de plano por el gobierno, negarlo, desde cualquier espacio político, es una exaltación delirante de locura política.
Cuando las guerras se acentúan, como ocurre en el Norte del Cauca, y las consecuencias socialmente catastróficas no pueden taparse con la palma de la mano, los anhelos de paz se más hacen incontrovertibles, como lo han planteado los Alcaldes de la Paz y la Solución Pacífica y Tramitada de los Conflictos en el Cauca y la Nación.
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