La ultraderecha sin programa

Del ataque a Petro al vacío político


Durante los últimos tres años, los candidatos de la ultraderecha hicieron de Gustavo Petro el centro de su discurso y de su odio, era lo único que tenían.
Cada debate, cada entrevista, cada intervención mediática giró en torno a él: contradecirlo, calumniarlo, burlarse, desprestigiarlo, incluso atacar a su familia.
Esa concatenación de agresiones sustituyó la discusión programática y convirtió la política en un espectáculo de descalificaciones.
Ese camino, que pudo parecer efectivo para movilizar rabias y consolidar seguidores, hoy muestra sus límites.
Al acercarse la nueva contienda presidencial, queda en evidencia un hecho simple pero decisivo: detrás de la furia retórica no había un plan para gobernar. No había propuestas serias sobre empleo, salud, educación o solución a la desigualdad; solo un repertorio de ataques personales y mediáticos.
La consecuencia es visible. Al agotarse el discurso dirigido hacia Petro, los mismos actores que antes actuaban en coro se ven ahora obligados a mirarse entre sí con desconfianza y hostilidad. Las peleas internas, las acusaciones cruzadas, revelan no diferencias de fondo sino la incapacidad de ofrecer una alternativa de país. Es el síntoma del vacío: la política sustituida por la personalidad y la mordacidad.
Reflexionar sobre esto no es un gesto de complacencia, sino una exigencia democrática. Cuando la política se reduce a la injuria y al escarnio, pierde su función civilizatoria: debatir problemas reales, presentar alternativas y construir consensos. Una campaña que recurre a la humillación y a la difamación renuncia a la responsabilidad pública.
Quizá la lección que debería extraerse sea elemental pero urgente: los ciudadanos merecen propuestas; la democracia merece debate. Un proyecto político que se alimenta del odio y del miedo está condenado a agotarse. Y la responsabilidad de quienes observan, piensan y escriben es mantener vivo el espacio de la razón —mostrar con serenidad que el país exige algo más que rencor: exige imaginación, garantías y programa.
Es por eso que la izquierda cada día cobra más fuerza: porque, con aciertos y errores, ha puesto en la agenda los temas que de verdad le importan a la gente —el hambre, la justicia social, la educación, la salud, el trabajo digno. Allí donde la ultraderecha ofrece insultos, la izquierda plantea soluciones; allí donde unos siembran miedo, otros proponen esperanza.
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