En parte, era un tipo perspicaz

En parte, era un tipo perspicaz
Por: Guido Germán Hurtado Vera.
Historiador y Politólogo.

En 1660, cuando se restauró la monarquía, Carlos II rey de Inglaterra, Escocia e Irlanda, decretó que, en sus colonias, se debía enseñar a leer y a escribir a los esclavos los mandatos de la Reforma.
De este modo, el rey declaraba su obediencia al protestantismo y creía que, tal como lo escribió Martin Lutero, “la salvación eterna depende de cada persona para estudiar y entender la palabra de Dios».
A los esclavistas británicos les estremecía la idea de que sus esclavos aprendieran a leer y escribir. Pensaban que si podían leer la biblia podían encontrar las ideas sobre la libertad y allanar el camino hacia la insurrección.
La oposición a la ley de Carlos II fue muy fuerte en las colonias americanas. Entre 1740 y 1834, Alabama, Georgia, Luisiana, Misisipi, las Carolinas y Virginia sancionaron leyes contra la alfabetización de los esclavos. Carolina del Sur aprobó la primera ley que castigaba con una multa de 100 libras y seis meses de prisión a quien lo hiciese.
Durante casi 200 años, los esclavos afroamericanos aprendieron a leer y escribir arriesgando sus vidas. Los relatos son muchos y sorprendentes. No tengo espacio para contarlos en esta corta columna, pero en particular me sedujo el de B. M. Carothers. Lo leí en el informe del Proyecto Federal de Escritores.
Cuenta Carothers, que aprendió a reconocer las letras del abecedario mientras cuidaba al niño de su amo, que jugueteaba, a menudo, con un rompecabezas. Después de varios meses de echar un ojo al niño y otro a los rompecabezas o a las ilustraciones con los que el niño se entretenía, pudo leer y escribir su nombre. Dice que el día que lo pudo leer y escribir volvió a nacer, aunque quedó medio bizca. Paradójicamente, cuando su propietario la descubrió, casi la mata a golpes. Saber leer y escribir era para los esclavos, la visa para su libertad.
En 1596, el Consejo de Indias solicitó a Felipe II que firmara una minuta en pro de la castellanización obligatoria de los indios. Durante la Colonia española, los continuos flujos de migración fueron trayendo las tendencias lingüísticas que estaban de moda en la metrópoli.
La castellanización fue germinando merced a los mestizos o a los indígenas aprendices de algunos colonizadores europeos que sabían leer y escribir. Los dialectos aborígenes perecieron allí donde la política hispanizada y el mestizaje racial y cultural se impusieron.
En el siglo XVI, en el Nuevo Reino de Granada, se ha documentado el caso de Don Francisco, cacique de Ubaque, un muisca que aprendió a leer y escribir, lo que le representó poder político en la lucha por sus derechos ante los colonizadores españoles.
En el siglo XX el temor por la lectura se hizo incuestionable. En la Alemania de Hitler, el 10 de mayo de 1933, Paul Joseph Goebbels, el ministro de propaganda, quemó, delante de una muchedumbre gozosa, miles de libros. Gritó, que de esa noche jubilosa y de las cenizas de esos libros malditos nacería el ave fénix del nuevo espíritu.
Así fue, nació el espíritu perverso del nazismo que, literalmente, gaseó en los campos de concentración a más de seis millones de judíos exterminados. El Holocausto, así lo denominó Bruno Bettelheim, el intelectual judío-austriaco que lo vivió en carne propia.
En Argentina, el 24 de marzo de 1976, los militares dirigidos por el general Jorge Rafael Videla, dieron un golpe de estado. La justificación de la dictadura era que estaba en guerra contra los terroristas, muchos de ellos seguidores de Perón.
Videla se refería a los terroristas como aquellos que no sólo tenían en sus manos un fusil o una granada, sino libros e ideas perversas de justicia que enseñarán a la sociedad argentina. Los siguientes siete años fueron los de una sociedad sin justicia y empapada de sangre.
En Colombia, el 7 de agosto de 1978 se posesionó como presidente Julio Cesar Turbay Ayala. Con él triunfó la desinstitucionalización y nació la política como negocio, así como hoy.
Con Turbay se deshonraron las ideas, la academia y los libros. Muchos de los intelectuales tuvieron que asilarse. Escribir y criticar era un acto de suicidio. Gabo, el premio Nobel de literatura, lo sufrió en carne propia.
En todos los tiempos y lugares, los tiranos, los déspotas, los autócratas, los dictadores (o como quieran llamarlos) han temido a la potencia de la voz escrita. Saben que la lectura y escritura son un instrumento para demoler sus abusos. Y saben, también, que una multitud de borregos ignorantes son más fáciles de gobernar.
En la Universidad del Valle mi profesor de Historia de Colombia, Germán Colmenares, nos decía en clase, “el ser humano que es capaz de leer y escribir una sola frase es capaz de leerlo todo, es capaz de reflexionar y por consiguiente de ser libre.”
Entienden por qué los tiranos, los déspotas, los autócratas, los dictadores prohibieron el aprender a leer y a escribir.
Tal vez sin conocerlo el tal Carlos II rey de Inglaterra, Escocia e Irlanda me cae bien. En parte, era un tipo perspicaz.



