Qué hacer con la plaga de la Droga (2)


La droga es la maldición de este siglo, muchos se lavan las manos, pero fueron los franceses, con el opio, quienes intentaron dañar a los vietnamitas, intentaron ganarles la guerra idiotizándolos, una situación que heredaron los gringos, por eso, “La paz para el progreso”, fue el laboratorio de donde surgieron los primeros traficantes nuestros. Desde entonces los “países pobres” se convirtieron en los proveedores de una sociedad que cada día demanda más morfina, más cocaína, más de todas las “inas”, para terminar metiéndonos en una guerra que no era nuestra; para terminar metiéndonos a solucionar un problema que no era nuestro, que no habíamos creado nosotros, donde lo único que nos ha quedado son los muertos y el desprestigio.
Nos convertimos en productores y traficantes porque, sin duda, es un negocio rentable. Como el tabaco en su momento, como el alcohol también, hasta que el Estado asumió su control, asumió su producción y comercialización. Desde entonces hemos visto poderosas organizaciones enfrentadas al Estado. Han intentado arrodillar a todo el mundo. Nos hemos gastado fortunas del presupuesto nacional, pero el problema continúa, el consumo aumenta, nuestros jóvenes emprenden el viaje maldito del que difícilmente retornan, y todo porque en forma pacata nos enraizamos en negar que nos han vencido, con todas las estrategias represivas en las que la “generación de la droga” se ha embarcado. Casi nadie está permeado frente a la droga.
Parece la hora de volver la mirada al problema desde una perspectiva patológica. Lo primero es recordar que debemos proteger, por sobre todo, a nuestra infancia, a nuestra adolescencia. Legal o no, las drogas, campean por nuestras calles. Hoy, hacia allá, debe apuntar el esfuerzo de prevención. El Estado debe liderar con absoluta claridad la responsabilidad de los padres respecto a sus hijos, que asuman su rol de formadores y de autoridad frente a los menores. Igualmente, es importante, que el maestro juegue su papel, determinante en la construcción educativo, involucrado en entregar a los niños y adolescentes sanos a la sociedad. Se necesita de igual manera una policía ejecutiva, no tanto operativa, en el entendido de que sea autoridad para prevenir el delito menor, por lo tanto la iniciativa de control debe surgir de un policía con iniciativa, honesto, íntegro, bien pagado, modelo de comportamiento, educado, que respete hasta el mínimo derecho del ciudadano. El modelo actual del policía represor lo compromete y lo enfrenta al sujeto que dice proteger.
Mientras varios Estados de los EE.UU aprueban el consumo de algunas drogas, y varios países europeos las legalizan, continuamos nosotros penalizando la producción y el tráfico, lo que nos pone en desventaja, beneficiando a unas bien estructuradas organizaciones criminales del negocio. Sería más barato, y más rentable, desarrollar una amplia política para el manejo del problema desde la perspectiva de la legalidad como productores, que el Estado asuma el monopolio, antes que devanarse y desgastarse controlando una actividad que las mafias manejan a sus anchas. Sin duda, los precios caerían, y la rentabilidad, no sería tan atractiva. Como en el consumo del tabaco y el licor, los recursos provenientes de la actividad bien podrían utilizarse en la prevención, el tratamiento, la rehabilitación, que es tan pobre hoy, y produce más víctimas que las que podría causar la legalización.



