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Jueves, 1 de octubre de 2026

«La literatura: Qué era y qué es» – II

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«La literatura: Qué era y qué es» – II
«La literatura: Qué era y qué es» – II
Foto: Studiomios

«La literatura: Qué era y qué es» – II Otras voces

Donaldo Mendoza

    A través de las páginas, el autor fue convocando otras referencias (citas) que al final configuran un correlato. En virtud de su interés, me ha parecido pertinente enriquecer con ellas la segunda parte de esta reseña, amén de extender el diálogo a los lectores, como bien lo ha sugerido el poeta José Luis Alegre Cudós en un juego de palabras: “…en la vida diaria, sacrificamos el instinto de conservación al «instinto de conversación»”. Que parece prestar oídos a una sentencia shakesperiana: «Soy mujer, y no puedo pensar sin hablar». Y podríamos zanjar la discusión que abrió Sócrates con el ‘conócete a ti mismo’, cosa difícil, si no imposible. Creo que la experiencia le da razón a Paul Valéry: «Nos conocemos a nosotros mismos solo de oídas».

    Asimismo, se ha aceptado como verdad revelada que la principal ventaja del ser humano sobre el animal es el habla; y nos jactamos al decir que a nuestra mascota solo le falta hablar, para refrendar su condición animal, y como tal, inferior. Pues cosa muy distinta pensaba el filósofo Søren Kierkegaard: «…esa ventaja que tiene el hombre sobre el animal, su capacidad de hablar. Permite que la vida de una persona exprese lo más bajo mientras su boca charlotea sobre lo más alto asegurando que esto es lo que le determina. El lenguaje, el don del habla, hunde a la raza humana en tal nube de estupidez y charlatanería que se hace su rutina. Solo Dios sabe cuántos hay en cada generación que no se hayan echado a perder hablando, que no se hayan transformado en charlatanes o hipócritas».

    Sobre ese asunto, el poeta Antonio Machado prefirió curarse en salud y en espíritu: «Converso con el hombre que siempre va conmigo / – quien habla solo, espera hablar a Dios un día –». Por análoga razón, Paul Valéry prolongaba tanto su vacilación ante el poema, entre el sonido y el sentido. Y la ocurrencia de otro poeta, Gerardo Diego, que le sacó una carcajada al humanista Rodrigo Valencia; en efecto, al leer en voz alta uno de sus poemas creacionistas, “alguien le preguntó qué había querido decir, y contestó: «– He querido decir lo que he dicho, porque si hubiera querido decir otra cosa, la habría dicho –»”.

    Y Mimnermo, un poeta y músico griego del siglo VII a. C., le hablaba al oído a la juvenil vanidad: «Igual que las hojas que trae la florida estación primaveral cuando crecen de prisa a la luz del sol, igual que ella, disfrutamos las flores de nuestra juventud durante un breve plazo, sin saber si los dioses nos reservan algo bueno o malo».     Y una coletilla. Para responder una pregunta sobre por qué la Biblia no se menciona como tradición literaria al lado de los cantos épicos de Homero. Hay que decir que los judíos no se abrieron al mundo con su Antiguo Testamento, en razón de que asumían que el mensaje de ese libro iba dirigido exclusivamente a los ungidos de la ‘tierra prometida’. Hubo que esperar entonces a que apareciera el cristianismo, con su ecumenismo.

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Donaldo Mendoza

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