¿Tienen alma las ciudades?


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¿Tienen alma las ciudades?

Hace ya algunos años Oswald Spengler, publicó un libro que estremeció y problematizó la conciencia intelectual y política de la cultura occidental. Su libro “La decadencia de occidente”, de notable e impactante influjo en las nuevas reflexiones y visiones acerca de la cultura occidental, abarcó y reinterpretó muchos temas y muchos mitos, temas que ahora poco se consideran y poco se mencionan.
Entre la enorme cantidad de temas analizados, habló del ALMA DE LAS CIUDADES, sosteniendo que lo esencial de una ciudad era su ALMA.
Para la llamada ciencia positiva y racional, parece una blasfemia y un escándalo utilizar dicho concepto. Le suena a intromisión de lo espiritual o de lo irracional en el universo de lo científico. Como le seria hablar del ESPIRITU o de lo POÉTICO en ese mismo lenguaje cientifista.
Sin duda que el concepto de ALMA es equívoco y problemático. Es más, puede tratarse de un concepto algo enigmático, arrancado y ornamentado con resonancias de misterio, que induce a suponer que proviene del universo religioso o del mundo filosófico. Por el momento evadiremos la discusión sobre el asunto. Pero aceptaremos que las ciudades tienen un alma y como lo tengo escrito en alguno de mis aforismos: “solo el que tiene alma merece el privilegio de creer en ella y de sentirla”.
El alma de la ciudad es una realidad no visible, ni palpable, pero perceptible y reconocible de muchas maneras. Es un concepto y una abstracción. Un lenguaje que comunica y cristaliza simbologías espirituales, lo que a su vez prodiga identidad y elementos de cercanía comunicante entre los seres que habitan la ciudad, reforzando un claro y evidente sentido de pertenencia emocional y afectiva, que por sí mismo, instaura y refuerza un compromiso colectivo que actúa y se corresponde con las dinámicas del tiempo y del proceso histórico en que se despliega en el existir de la ciudad.
Dentro del proyecto histórico determinado y particular que acontece en cada ciudad, sus habitantes reafirman y participan de un colectivo y compartido IMAGINARIO social y cultural, que los unifica en torno a unos valores y sentimientos que construyen y refuerzan los lazos de pertenencia solidaria con ese mismo destino histórico que caracteriza el propio destino de su ciudad. En esto, en buena parte, descansa la identidad y buena parte de los ritos que alimentan la convivencia comunitaria. En este mismo sentido la CONFIGURACIÓN del alma ciudadana, necesariamente se corresponde con el proceso metal y cultural que se despliega y se transmite como herencia cultural, en esencia es lo que deviene y se manifiesta como la tradición de los valores sociales
El alma de una ciudad, por supuesto, nunca puede ser una realidad estática, ni congelada, en el pasado, es siempre un sustancia viva y vivificante, una entidad dinámica, que de muchas formas propicia de manera continua pero cambiante, ese sentimiento de unidad y de pertenencia entre sus habitantes.
El alma urbana se consolida y evoluciona en las coordenadas del tiempo y la cultura, se encadena siempre a un proceso colectivo, que, de manera consciente o inconsciente, la realiza y le da forma y contenido el actuar de fuerzas abstracta y anónimas, que siempre están condicionando muchos de los comportamientos humanos. El alma urbana nunca es la creación de una voluntad individual. Como no lo es la cultura ni la historia. No es el producto deliberado ni planificado de un solo y reducido grupo humano.
Es un simplismo, así como una ingenua y estúpida grosería intelectual y moral, suponer, como se ha hecho en el pasado de Popayán, es una realidad construida y perteneciente a la ridícula pretensión de algunos pequeños núcleos sociales que imaginan que la ciudad es solo ellos. Ni las familias de los Médicis, en la pasada y opulenta Italia, que protegían, enriquecían y embellecían sus ciudades, alcanzaron esos estados mentales de delirante estupidez e ignorancia.
Para hablar y reflexionar sobre el alma de Popayán, es un imperativo de siempre rigor histórico y sociológico hablar y recordar y, hasta de reconstruir en lo posible, el largo y tormentosos procesos históricos que viene del pasado y llega hasta el presente. Este presente donde la ciudad y su alma parecen enfrentadas a una oscura descomposición de todo orden. Eso es parte de los contenidos que asumiremos en EL DIPLOMADO SOBRE POPAYAN, QUE NUEVAMENTE REINICIAREMOS EN LA UNIVERSIDAD DEL CAUCA.
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