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Sábado, 3 de octubre de 2026
miércoles 7 agosto, 2013 a las 12:56 pm

Gana la poesía

Horacio Benavides
Diógenes Díaz Carabalí
Por: Diógenes Díaz Carabalí
Horacio Benavides

Horacio Benavides es un hombre sencillo, creo que hasta tímido. De esos hombres escarpados que deambulan entre el silencio, tal vez como forma de coqueteo y atrevimiento, para decir solo lo que interesa, sin agregar una sílaba. Es que ¿Cómo más puede ser un hombre venido del filo, que ha paseado su niñez vestido de pantalón corto por las crestas de las montañas del Macizo sobre un caballo manso, en medio del viento pertinaz que acalla todas las voces? Es la impresión que tengo de su poesía, y de su personalidad, a costa de leerlo y de haber hablado en contadas ocasiones con él donde hemos coincidido, porque también tengo mis reticencias a la amistad, en especial a la amistad con los poetas, que no sea a través de sus libros. Me atengo a la vanidosa manifestación de García Márquez: “!Quien quiera conocerme, que me lea!”.

Horacio Benavides es un hombre venido del sur, de un pueblito fácilmente perdible en la memoria, de una zona del departamento del Cauca mencionado tan solo por el conflicto de este país. Bolívar. De allí también es Felipe García, como para decir que los dos mejores poetas de Colombia se pusieron de acuerdo para nacer entre un mar picado de montañas, un paisaje escabroso de pobreza y cultivos de coca, a donde sin duda llegaban muchos aventureros, muchos pretenciosos con ansias de dinero fácil, muchas putas a cambiar su carne cruda, sus bailes pegados y con carga de exageración, por billetes. Es decir, para un escriba, nada bueno puede venir de allí. ¡Pero ya ven!

Horacio se fue para Cali a vivir entre discursos académicos y salsa. En Cali dicen que el mejor músico es chocoano, se refieren a Jairo Varela; el mejor poeta es caucano, Horacio Benavides; el mejor cuentista es bogotano, José Zuleta; el mejor ensayista es tolimense, William Ospina; por ese sentido de metrópoli que posee la ciudad: abierto y dispuesto a adoptar apóstatas venidos de suelos sin nombre. Desde allí predica Horacio Benavidez una poesía sin objeto, sin panegíricos, resultado de la sencillez cotidiana, como este poema que comparte Federico Díaz-Granados en su muro del Facebook: “Día entero”. “Las muchachas del servicio/ corren hacia el domingo, /Abandonan su traje de ceniza/ y limpias y aromadas/ buscan en la luz/ a su muchacho./ Por fin el día es suyo,/ un sol de verano/ las quema en la hierba,/ Bailan en las casetas,/ perdiendo con frecuencia el paso/ y en la noche/ en un cuarto barato/ gimen ante revelación/ tan íntima./ La madrugada del lunes/ se lleva sus alas”.

Bueno, ¿a qué vendrá tanta “lambisquería”, para un poeta que como todos los poetas hoy son desconocidos para los gentiles?, se preguntarán en sus adentros los pragmáticos, los hombres ocupados en quehaceres de mercado y de política. Lo que pasa es que la poesía continúa aleteando entre la suave brisa, en el remanso tierno de las aguas calmadas, por lo tanto penetra por las ventanas abiertas de los edificios y llega a las gargantas de incrédulos e incrédulas por el grifo del agua pública. Pero también porque Horacio Benavides, desde la simplicidad y desde el silencio ha ido construyendo su leyenda, convertido en referente de la nueva poesía latinoamericana sin pedir nada a cambio. Y porque para alegría de quienes disfrutamos de la brevedad de su universo, ha ganado el premio nacional de poesía del Mincultura, el más importante reconocimiento de este país gracias a Dios dispar y sin sentimientos de nacionalidades.

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