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Miércoles, 7 de octubre de 2026
jueves 6 junio, 2013 a las 7:32 am

EL SOL SE PONE EN ORIENTE

atardecer
Cabezote Bulevar de los Días
Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Loco-mbiano
atardecer
El sol se viste de pijama para ponerse en Uruguay

Vivir no es necesario, viajar sí, me enseñó Marga López, la poeta de La Ceja antioqueña. Lo dijo otro poeta, y filósofo Plutarco, bien lo recuerdo. Vivir lo hace el que nace y luego muere. Valiente gracia. Viajar, en cambio, es decisión personal. Uno viaja a donde, cuando y como quiere, con las valijas al hombro y los ojos puestos en el horizonte.

Viajar se lo inventó un tarde de lluvia Noé. Cuando vio que sus animalitos de corral se estaban mojando, ideó fabricar una barca enorme, como sus sueños se lo mostraron, y se echó al mar de la aventura. Metió en la maleta sus chiros, con su mujer y sus hermanos y tomó los remos hasta que el agua los puso de patitas en el Monte Ararat, algo lejos de Egipto. Debió ser un viaje loco, lleno de paisajes mojados, de aguantar vendavales y rayos y sacar por raciones la comida de la alacena. Por 40 días y 40 noches duró aquel viaje, todos lo sabemos.

Así lo hemos planeado mi novia y yo. Estamos reponiendo un viaje cortado por un imprevisto luctuoso, pues la vida nos lo impuso. Pero las circunstancias son menos que la voluntad del ser humano. Buenos Aires nos estaba debiendo una estadía con pasajes pagos a Iguazú y muchas ganas de experimentar caminatas por entre calles, subtes, aire y Río del Plata.

El dólar ha sido un compañero travieso y volátil. Lo hemos comprado a variados precios según el restaurante, el almacén, el hotel o la agencia de viajes. Porque a donde vaya uno tiene convenir el cambio de valor en el mercado. En el Puerto de Iguazú, lo mismo que en Hotel Bonito en BA, estuvimos como en casa. Conocimos al río que le da nombre a la monumental Catarata con mayúscula y al gran Paraná, “uno de los siete ríos más caudalosos del mundo”, nos dijeron y casi que lo palpamos. Cuando llegamos estaba diluviando y dejamos para el día siguiente la visita al Parque donde se halla el gran monstruo de cabellos blancos.

Por entre senderos secos y amplios, a pie o en tren y por una larga pasarela sobre los ríos y ciénagas llenas de coaties, loros y aves de picos, de tamaños y colores mezclados, en una hora llegamos por fin a un hervidero de humo acuoso que sale por la caída del agua contra el fondo. Es como un ogro enorme que emerge por sobre peñascos, camina pesadamente y luego deja caer su cuerpo sobre el torbellino. La Catarata se nos vino encima, ahí, a unos cien metros de distancia. Como una mujer que se estuviera bañando con su melena blanca, en medio de un gran alboroto. Saltaba, daba alaridos y chapuceaba sin cesar con sus pies de plomo.

Anoche hemos llegado de pasear en Montevideo, el país gobernado por un viejo extupamaro que ha tomado los hilos de una nación de tres millones de habitantes. Chica de territorio pero con una historia tan nutrida como la de cualquier democracia. Cuando llegamos a su Capital era como una gran casa con cortina blanca de fondo. Está en medio de casas nobles, arboledas abundantes, una playa comparable con Copacabana y una Plaza de mercado en el puerto con festival de comidas para paladares de todos los sabores. Cuando salíamos el sol se estaba escondiendo tras la cortina de Oriente a las 6:00 p.m.

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