Sol con dientes y pelaje de oro


Loco-mbiano
Antonio Bolívar se definió a si mismo como un niño de ojos tristes con cuerpo de felino humillado. Y escribió un libro que habla de soles, de guayacanes de oro, de soles con hielo. Y fue premiado. ¿Qué importa que parezca niño, si su corazón late como perro amarrado a un árbol donde el amor anida y lo mima desde sus ramas?
Antonio tirita todo el día como el lucero de la noche y agita sus emociones como el pez que bulle de contento por el agua que lo rodea. La amistad produce en él un choque de energía y como el perro de García Márquez lo mira a uno con sus ojos de azul liviano para saludar y estrechar la mano con guante de tigre asustado.
A Antonio Bolívar la vida lo ha castigado con un amor a su medida y con un cántaro muy lleno de poesía. Solo que el cántaro contiene una cornucopia de lluvia que se llama mujer de vestido sin fin y de arrogancia que lo humedece con su perfume y su impaciencia.
Antonio, príncipe del califato de El Cairo, Valle, ha sido coronado con la palma que florece cada año y da el fruto del premio Jorge Isaacs a quienes corre por sus venas un caballito de mar con arpón en el carcaj. No es solo por este libro de hebras, cabellos y ríos con meandros de delicias que merece el gran premio. Viene precedido de una paciente brega desde su juventud arisca al lado de la vida y sus ausencias.
Este libro que hoy nos alegra con el brillo de sus soles y de sus hielos es otra muestra del estro que siempre lo ha iluminado y ha cultivado. La poesía no es una hierba que crece silvestre y la recoge el ocioso o el avaro. Antonio sabe que la poesía es mujer de piel sedosa, de hálito de lava y con cara de ojos de torbellino. A ella solo se acercan los que aman el peligro de morir entre sus brazos de dragón, de naufragio e imposibles. Siempre estuvo enredado él entre las serpientes y lenguas bífidas de Medusa a la que quiso mirar al centro de sus ojos.
Este Bolívar también ha cruzado el Ande. Y ha traspasado el umbral por donde entraron Virgilio, Petrarca, Safo, la Mistral o Neruda. Para llegar a este monte en donde crecen las fieras, los unicornios, la locura y el alba de nácar Antonio ha debido libar el acíbar, el ajenjo, las lágrimas y sufrir los estertores cercanos a la muerte y el desamparo. La poesía no es terreno fácil ni joya barata del tamaño de Neptuno.
Quien lea el caminar de gata, la luna alquilada, el arco iris de peces, ojo de tigre, palabra de granjero, informe oficial, se quedará dormido para toda la muerte y emprenderá una canción de fuga. Estos títulos son el tintineo que Antonio nos tiene entrelazado entre las páginas de su monocordio azul cobrizo.
Cali, 10-04-13 10:50 a.m.




