Los maestros



Los maestros
Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Se está acabando el mes de mayo. Hay un día central en él que es el Día de la Madre en nuestro país. Pero también el del maestro. Un ser del que hablan los padres de familia mientras sus hijos están en la escuela, el colegio o la universidad. Pero una vez pasado este día el maestro no es visible para nada en los medios ni en los hogares.
En serio. La profesión de maestro no tiene el rango, la devoción, el respeto que debe tener el oficio y los propósitos para los que él se preparó en normales y universidades. Magister, era el hombre aquel que recorría Judea y Nazareth y el lago Tiberíades. Al que acudían niños, mujeres, paralíticos, ciegos. Solo una vez a José, el de Arimatea, se le ocurrió invitarlo a su lujosa casa a una cena – que fue la primera y última.
De resto Jesús, el hijo de María y José, el carpintero del pueblo, se comportó como un predicador en el desierto. Eso es un maestro: un ser que se prepara, que estudia, reflexiona y trasnocha para preparar su discurso del día siguiente en su “clase”. No le importa cuánto le pagan, si es lunes o viernes, si hay paro o puente.
Por lo general, es cumplido, sabe su oficio y vive en función de lo que el gremio ha conquistado: tiene un puesto bastante honorable en la sociedad. ¿Qué sería de Colombia si no existieran los maestros en escuelas, colegios, academias y universidades? Ellos son los reproductores y creadores de la sociedad en que vivimos. Ella responde al modelo que ellos dictan y repiten. Somos su retrato fiel. La historia de Colombia se escribe cada día en las aulas.
Allí los “alumnos” y estudiantes aprenden, reflexionan o degurgitan lo que aprenden y oyen de sus maestros. Ni se diga que nuestra educación es banal, pobre o rica. Nadie que viva en este país podrá comparar su nivel con el de otras latitudes: Lo traído no alcanza a superar ni amilana el producto propio. Hemos podido sobrevivir con lo que heredamos de Santander, Córdoba con sus gestas y Caro y Cuervo.
No solo se vive de los números, de los hechos, del aire que respiramos. Somos hijos de unas tradiciones, de unos hitos, nos enaltecemos de unos personajes. Hemos leído y aprendido y ha llegado hasta nuestras entrañas la herencia de nuestros antepasados. No somos hijos de otra patria ni de otra cultura. Los Andes se han teñido de sangre y han nacido hombres y mujeres como la Pola que nos han dejado el rastro en la tierra. Hay una tradición de la que podemos enorgullecernos. Está escrita en el pabellón y un himno de gloria no marchita.
Todo lo hemos aprendido merced a las primeras letras que infundieron nuestros maestros. No han muerto en nosotros. Continúa la lección con nuestras obras. Somos su hechura y no podremos negarlo. No pertenecemos a otra cultura aunque hayamos pisado claustros foráneos. Nuestro orgullo es ser colombianos.
20-05-19 – 10:22 a.m.
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