Un río ancestral y mágico




Este es un viaje maravilloso a través del gran río Páez. Después de 25 largos y penosos años de ausencia he decidido volver a la tierra que me vio nacer. Fueron 3 días de travesía, pero logré pasar las vegas más coloridas; en ellas puede apreciar el verde de sus cafetos, plátanos y aguacates, pude imaginar el tamaño de sus cañas de azúcar y naranjas. Me entristecí por la aridez de sus colinas bajo el peso tenue de mil pinos y por la mancha negra de la mano criminal que cercena su vida en épocas de verano o complaciente ayuda.
Sus enormes cañadas me recordaron los mitos fundacionales y el ritmo cadencioso de sus aguas al fundirse con el poderoso río me hizo volver a la emoción de mi niñez. Me contuve de no llorar, al ver en sus enormes rocas, las huellas que dejó al descubierto la furia de sus aguas e hizo estremecer a hombres y bestias, luego sin piedad borró la imagen de hombres, bestias y cosas.
Después de un largo caminar me senté un instante mirando el amplio horizonte y desde mis adentros saqué fuerzas para elevar una oración por los que ya no están.
Luego de superar toda clase de obstáculos llegué a la parte más alta y más hermosa. Allí impera como en todo el Cauca la magia del paisaje, el arrullo de las aves, la paz de las cavernas y un silencio que incita a soñar.
Un aire puro y denso me devuelve la alegría, mis pulmones se hinchan de vida, y mis ojos no dan crédito a tanta belleza. Quiero quedarme por siempre, pero la realidad del entorno me dice que debo seguir mi tránsito, que no debo quedarme.
Para los que no lo recuerden, el río Páez, en su recorrido tiene algo de amenazador por el color de sus aguas, algo de imprevisible por el brillo de su espuma, algo de mística por el sonido en sus noches, algo de folklore en el aroma de sus peces, algo de todo y algo de nada que se parece a las mil historias de indios, negros y campesinos que han visto como Heráclito el fluir de sus aguas montañas abajo.
Quiero, además, demostrar que es un río singular, que a través del tiempo y la distancia alimenta mitos, cuentos, leyendas, pasillos, bambucos, trabalenguas y adivinanzas. Que es luz y oscuridad, que es vida y muerte, esperanza y miedo, que es camino y asonada, que es fuerza constructora que intenta develar los misterios de la noche y del día. La tarde con su magia llega y sobre el pico de la montaña lo observo trémulo y, solo puedo decir que aún tiene algo que acecha y cuestiona, que intriga y atemoriza, que alerta y enternece. Es un lobo hambriento en medio de las agrestes montañas.
El murmullo de sus aguas expresan soledad, su sombrío canto es la queja y dolor que nos lleva a lo más lejano de nuestro ancestro para recordarnos que sus aguas también tejen sueños sobre el arco iris, que su espuma es la esencia de la vida, que sus piedras como huevos de gorriones dejan fluir su fascinación y que sus crecientes traen musicalidad, que su lecho sirve de hogar a esquivos pececillos, que sus trazos simples y evocadores con un sincronía celestial permiten que nuestra vida a su vera sea dulce, sinuosa y sencilla como el correr de sus aguas.
Hoy, el Río Páez siempre nos acerca al misterio y en noches sin luna, su ruido y brillo nos trae recuerdos de almas en pena.
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