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Viernes, 2 de octubre de 2026

DUENDIEEE

DUENDIEEE 1
DUENDIEEE
(Dibujo de RVQ, 1999)

DUENDIEEE

Lo conocí un día, en una avenida de tráfico imposible. Pasaba como si nada por entre los innumerables y veloces carros que iban y venían, sin que lo afectaran en lo más mínimo. Y cuando le pregunté cómo lo hacía, dijo:

“Muy sencillo; yo no los miro, porque sólo existen para las gentes de este lado de la vida, de modo que en mi mundo no están sucediendo”. Y por el rabillo del ojo reía, revelaba inmensa ironía.

Su apariencia era bien estrambótica: de cuerpo totalmente elástico, vestía una especie de trusa de bailarín, con un sombrero raro en su cabeza rapada; tenía cuello grueso y largo, y manos ágiles, que poseían una especie de brillo metálico de lo más extraño, con las que manipulaba unas cuerdas, “para tejer la urdimbre de su mundo”. Además, cojeaba un poco; al parecer, porque aún no estaba completo; le faltaba encontrar el máximo secreto cultivado por los de su raza, aquél mediante el cual se puede convertir la noche en día o el día en noche a voluntad, en algún momento de la existencia, según contó.

Dijo que me había escogido a mí como emisario porque me había visto indagando en el misterio, en la quintaesencia, preocupado por descifrar enigmas imposibles; y que, además, él sólo se dejaba ver de “quienes tienen cierta aberración perceptual que les permite ensoñar en la dimensión desconocida”.

«Pero nadie me ha mandado, no obedezco órdenes de alguien; soy autónomo y hago lo que quiero, en medio de este gran universo, en donde cada paso es una pequeña caída en el abismo o una revelación de pequeñas parcelas para el espacio de la eternidad”, aclaraba.

En cierta ocasión vi que tenía una cicatriz vertical en medio del pecho; la abría con los dedos, se sumergía por allí, y entonces desaparecía.

“Nosotros tomamos el mundo como una diversión; uno debe tener el espíritu alegre, desarraigado de toda preocupación, atento a la aventura constante y fluida que hay en el universo; y para eso se necesita un alma liviana, sin el peso que abruma a las gentes de este lado del mundo, con sus leyes estereotipadas y confundidas por la utilidad”, puntualizó, esa tarde que estábamos junto al arroyo que corre tras la Loma de los Presagios Inconexos.

Cada que él quería, nos trasladábamos a ese sitio, en donde podíamos conjurar la terca realidad de cuatro paredes y tres dimensiones, haciendo un sortilegio con palabras de un idioma desconocido, inmersiones en un lago de aguas doradas, y con ciertos silbidos agudos mediante los cuales encantaba el bosque hasta convertirlo en un delicioso lugar sembrado de manzanos de oro y en donde los peces volaban como pájaros. Y entonces su risa era feliz; parecía, en esos momentos, que sus manos brillantes tenían el poder demiúrgico de trocar cuantas apariencias no encajaban con su voluntad de ser travieso y juguetón, alegre como un duende que conoce los misterios de la tierra.

“Todo nos está permitido, una vez que hayamos cambiado los ojos de carne por la clara percepción entre las alteridades sin linderos que existen escondidas en el espíritu”, decía; y después me ofrecía cambiar mis ojos si yo estaba dispuesto a rendirme totalmente a lo desconocido.

“Pero, ojo, no sea que te reclamen las dudas y que el juego de la existencia sin fin te hunda en un mundo que no es el tuyo y quedes enajenado y confundido para siempre. Se necesita un sigilo permanente, una capacidad para abrir las puertas del otro mundo con la claridad necesaria para reconocer que cada estancia no es más que un juego de ilusiones”, me advirtió, no sin cierto tono de advertencia severa.

Nunca me dijo su nombre, por lo cual yo lo llamaba “Duendiee”, sin ningún inconveniente de su parte, nombre que se me ocurrió en el instante, sin ninguna razón aparente.

Decía que si uno se deja aprisionar por un nombre, “queda ontológicamente congelado en ello para siempre”; y que, por esa misma razón, en su mundo no conservan su lengua por más de un año, porque continuamente la están renovando, de modo que cada cual debe aprender a interpretarla rápido, con videncia penetrante, si no quiere correr el riesgo de no pertenecer más a esa comunidad de individuos hiperdimensionales, adelantados al tiempo.

Un día había amanecido más temprano; estábamos en aquella Colina de los Presagios Inconexos. Él se quedó mirando fijamente al sol, dirigió sus manos hacia él, y el brillo metálico de las mismas se prolongó en filamentos luminosos, desde sus dedos hasta ese astro del día; y en pocos segundos ya no era el sol sino la luna; y la claridad diurna del momento se había convertido en el sortilegio inmenso de la noche.

Desde entonces, nunca más volví a ver a ese ser, que con sólo acariciar una piedra la convertía en la flor más exótica nunca vista antes. Y así yo dejé de intentar infructuosamente los tanteos de la razón, y entonces me convertí, para siempre, en emisario irremisible de la irracionalidad y del misterio.

   **RVQ**

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