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miércoles 3 junio, 2009 a las 6:17 pm

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Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
[email protected]

Que alguien hubiera olvidado que Lutero y sus buenos amigos rechinaron sus dientes contra Roma por las indulgencias y el libre examen de las escrituras, o que alguien ignorara que hubo papas y papisas e hijos espúreos de papas sentados en el solio que dejó el padre de familia Pedro, el famoso pescador, o que quien viste una sotana no deja de ser un pecador que a vista de todos o a solas tiene pequeños o grandes deslices, es de “humana previsión”, como lo dijo el autor de La Perrilla.

Este mundo, todos lo debemos saber, gusta de la sal y del dulce, y de alguna manera, es también voyerista y se detiene a mirar las intimidades que suceden en la alcoba ajena. O las mira de reojo, porque la curiosidad nos mata. Es un gusto enfermizo que hasta puede causar pandemia. Nos llamamos muy modernos y postmodernos, pero alzamos todavía el grito, como viejitas beatas, cuando a deshora el vecino se levanta la bata.

Sentimos una gran picazón al revolver lo que ya está revuelto. Parece que todavía no supiéramos que el agua moja o que estuviéramos en la “época del ruido” cuando nadie se explicaba por qué la tierra se asusta y tiembla como un perro empapado.

Sí, señores y señoras. Los monjes y los curas, los religiosos de clausura y los párrocos diocesanos son de carne y hueso. Como Adán, gustan de las manzanas, tienen la costilla falsa y salen a bailar la salsa. Algunos son como Barba Roja y matan a sus amantes. Casos se dan como el de doña Flor, que tienen marido y cura. Otros como los demás, guardan pan, mujer e hijos como hostias en el tabernáculo, al lado del vino de misa.

Ya, de verdad, la sotana dejó de ocultar lo que había por allá debajo. Mucha plata recogida en las limosnas y retozos fuera de casa. Lo que en la época del Nazareno era pan diario, en Nicea se volvió pecado y apareció el celibato. ¿Por qué no volver al primer cristianismo y convocar a otro Concilio de Nicea? Como se dice en Derecho, las cosas se deshacen como se hacen y todo vuelve al estado anterior.

El sacerdote es un hombre que no deja de ser humano. Come, piensa, necesita ir al baño, engorda si come mucho, también padece de fiebre porcina, y hasta se contagia de venéreas si se descuida. No es un ser sobrenatural que levite como Francisco o como el padre Pío o que tiene facultades para entender los códigos que no pudo encontrar Da Vinci. Algunos son tan despistados como cualquier alumno desaplicado y por eso los mandan a hacer su curato a cualquier parroquita pobre.

Este mundo ya no es ingenuo, desacralizó los mitos. Hace tiempo que murió Astete y el temor del infierno y del premio en el cielo: todo quedó sepultado en el Oscurantismo del medioevo. ¿Por qué seguir creyendo que si no se casa el cura es sagrado y si se casa, deja de ser reverendo? A otros bobos con ese cuento. Por eso la iglesia católica va en retroceso. El mismísimo clero se encarga de armar el obispero. Miren, no más, las otras iglesias. Allá los curas se casan, se lavan las manos y se visten y luego van a la misa, a repartir la comunión y a predicar las buenas costumbres. Y también se vuelven ricos con los diezmos. Y sus templos, pobres o modernos, se llenan y se entona el aleluya. ¿Para qué espantarse de ello?

31-05-09 – 5:36 p.m.

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