77 AÑOS SIN FEDERICO Y SU VENA DE LUNA VERDE



Agua, ¿dónde vas?
Riyendo voy por el río
a las orillas del mar.
Mar, ¿adónde vas?
Río arriba voy buscando
fuente donde descansar.
Frag. Poema: (Agua, ¿Dónde vas?).
Anteayer leía buena parte de la Obra poética del hijo de Fuente Vaqueros, Andalucía. Aún me huelen las manos a tomillo, a sudor de jacas, a enero, a mañanita fría, a mariposas, a corazón y huerto o a manzano y pájaro. Quise navegar con él por entre sus Canciones con melodía de sombreritos de yerba y capas negras. Ya son 77 años que manos sin alma hirieron su corazón de luna y plata.
He saboreado despacio cada poema. Unos tienen adentro ajenjo triste, otros, silencio mordido. Bastaron 47 páginas para dar cabida a dos de sus libros, sus Primeras canciones y Canciones. Son composiciones cortas, íntimas, como reclamos de amor, sarta de recuerdos o pinturas de meses, días o caras de niñas o dedicatorias a su ahijada. Presiento que otros ojos se moverán tras estas líneas a leer al granadino.
El mundo cambiaba su faz cuando lo tomaba en sus manos Federico. No era como lo describen los astrónomos y geógrafos. Para la agudeza del poeta andaluz y para su ojo de ruiseñor del soto, los alamillos bailan/ uno con otro/. Y el arbolé,/ con sus cuatro hojitas/, baila también./ O musita Al oído de una muchacha: Vi en tus ojos/dos arbolitos locos. De brisa, de risa y de oro./ Se meneaban/. No quise/. No quise decirte nada/.
Su poesía es agua suelta, es río que retoza como un caballito, la luna es una niña que juega a cambiar de color y hasta de nombre. Una vez es amarilla, otra con sombra, otra naranja, o hunde su cuerno blanco en la mar. Nadie come naranjas/, bajo la luna llena./ Es preciso comer/ fruta verde y helada/.
García Lorca en el corto viaje por este mundo solo tuvo tiempo para poemar, para fabular y vivió las cosas y los amigos como personajes de un cuento de hadas. Su sensibilidad de uña herida o de balada de cabritillo aparece en cada uno de los versos de sus cantigas. Hila e hila sus canciones con su avena de niño, como si conversara al oído del viento o derramara aceite de oliva sobre el cuello de ciervo recién nacido. Tales son su fluidez y naturalidad que pareciera jugar con una palabra y luego anudarla sin temor con la siguiente como si rimara.
Las canciones, preludios y madrigales de Federico suenan a vaho de campiña sevillana, miran hacia almenas y divisan entre los meses y sus ecos, caras de hormigas y ojos de cipreses que pasan a su lado oyéndolo.
Por los altos corredores ve pasear a monjes blancos y va imaginando flores, rayos de luna, agua en los remansos de silencio o bueyes rojos que van suspirando por los campos. Vaya uno a saber si quienes vivieron junto a él no oyeron más que canciones de un Adán que estaba soñando en una luna de piedra…
Sus canciones son, a veces, nocturnos de estanque muerto o zarzamoras de tronco gris, ya refranes con flautas, ya brisa con larga cola o lamentos de lagartos que lloran o berrinche de niño loco. Otras son Andaluzas y aparecen jinetes muertos montados en caballitos fríos.
Pulsa alguien el piano en el que se esconden estas canciones y van saltando luceros, espectros, narcisos, luciérnagas, nubes y por las alamedas y parrales cruzan ondas y peces dormidos. La poesía lorquiana está llena de melos, dolor y delirio. Suena la niebla y grita la angustia entre la nieve y su cielo verde. ¿En dónde anidaban los pájaros que cantaban y cuántas cuerdas tenía la lira que en él su musa tañía?
Quien lee sus canciones, una por una, oye diferentes melodías con distinto tono y con el mismo lirismo. La sensibilidad del malogrado poeta poseía un sinfín de hondonadas y lomos, sombras, rumores y aromas. No había en ellas desafino ni cojeras. De su llanto y de sus sueños solo había siestas de oro y tristeza de hilo...



