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Miércoles, 7 de octubre de 2026
domingo 20 diciembre, 2015 a las 12:05 pm

SOMOS AVES QUE ESCRIBIMOS EN EL VIENTO

ave

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Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Loco-mbiano

ave

El paso del hombre por la tierra es tan efímero como el de las aves que buscan por los aires encontrar un lugar para anidar y cumplir sus ciclos de existencia. Mucho más escribir un folio o pararse en una esquina a dialogar con un amigo. Nos lo dice Joseph Brodsky en dos versos prodigiosos: Toda charla es un oficio estéril. / Una escritura sobre la pared del viento y nos lo recuerda la aeda argentina Marta Ortiz en su libro Casa de viento: «No regresa / la que contaba lunas en noche de ronda /…No se vuelve / de la lámpara quemada colgando del techo / que nadie cambiará /»…

A veces el escritor olvida la verdad de su existencia. Ser una duna sobre el desierto, ser una hierba sobre el prado, ser un suspiro que alguna vez salió del corazón de la mujer amada. Así de simple es su razón de ser sobre la tierra. Tan frágil es su destino.

Así sucedió con Homero, uno de los primeros navegantes que habló con sirenas y lo escribió sobre las olas. Así sucedió con Virgilio en su égloga prima que vio en la tarde cómo el humo de las chimeneas caía de los altos montes y ensombrecía los valles. En su vuelo alcanzaron ellos a escribir algunas líneas y las nubes hasta hoy nos las transmiten. Hoy ellos y miles más que anduvieron por campos y collados, por cortes y batallas, se han perdido en lontananza entre los aires de barlovento a sotavento.

El ser humano, ave migratoria, desde su aparición en la escena del planeta, sin saberlo, ha dibujado su perihelio sobre los mares procelosos o los megalitos junto a los desiertos o en la callada celda del silencio, en las hojas sibilantes de la historia.

Tantos rostros con ansiedades, fiebres y ojos asombrados han cruzado por los siglos y han clavado sus pies y sus anhelos sin que nadie los haya percibido. Sin embargo, fueron aves de alas rápidas o de alto vuelo y cumplieron ante sus contemporáneos un papel decisivo. Hoy nadie los recuerda y ellos no se percatan ni se duelen. Solo el viento lo sabe y los huele al volver la cara.

Si el escritor comprendiera el leve papel de su existencia se despreocuparía menos de que alguien se fijara en su paso lento o la altura de su estro o la hondura de su huella. Cuántas águilas han alcanzado cimas y cuántos cóndores han llegado a ver desde lo alto del Chimborazo horizontes más lejanos que el que vio Bolívar y nadie habla de ellos.

Los seres son simples aves que escriben sobre el viento cercano que los circunda y que respiran contaminado. Y muchas veces nos dolemos que nadie nos mire y aplauda los círculos mal dibujados sobre el cielo. Tal vez muramos y no hayamos sentido debajo de nuestras plumas el viento susurrante en el que batimos nuestro multicolor orgullo.

19-12-15                                  11:09 a.m.

https://www.youtube.com/watch?v=6sQ4l9kJSyc

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