DEJÓ DE LLOVER EN POPAYÁN


La placidez, la tranquilidad, el silencioso y cauto devenir de los días pronto sacudió las entrañas de la vetusta congregación urbana cuando se anunciaba la tragedia en las minúsculas briznas grises dispersas por el viento sobre la ciudad.
A causa de un resfrío mal cuidado Emiliano cayó en cama por una aguda pleuresía, así que en esas condiciones le era imposible acompañar a sus vivaces congéneres en una nueva y pintoresca aventura, a mí no me pareció prudente trepar la montaña y soportar el afilado frío de la sierra, ya en otra ocasión varios condiscípulos en un autobús de línea arrancamos temprano antes del amanecer hacia Puerto Tejada, población mayoritaria de antiguos esclavos de la colonia a orillas del río Cauca, azotada por un sol tan violento como la caldera de un tren de carga, auto invitados con desparpajo a la hacienda de don Remigio Mejía, cuya hermosa hija Adela, alta y muy simplona bautizada con el remoquete Miss Camila, por no decir la Señorita Camello, era sin embargo una buena muchacha, ilustrada, sí, pero su ingenuidad más que su virtuosa conjugación de las teclas negras y blancas del piano atraía la atención de los desaforados y atrevidos alumnos del Liceo de la Universidad, acostumbrados a tratar otro tipo de féminas poco ilustradas, audaces y astutas como las lobas del parnaso griego. Aguitaecoco llamábamos al hijo del propietario de una de las más destacadas panaderías locales, cargaba su clarín cuya voz de inusitado combate le quitaba el sueño a los habitantes de los caseríos por donde se anunciaba el vehículo cargado de mozos bullangueros que no perdían la oportunidad de apurar sin ningún tapujo ni rechazo unos cuantos tragos de aguardiente. Alto, vigoroso, de rostro rubicundo y cabellos de cobre oscuro era un personaje, imposible de olvidar, cuando raudo descendía por la calle portando en la barra de su bicicleta a Rebeca, una adolescente de imborrable y tranquila belleza judía de piel morena y ojos relumbrantes de azabache.
Don Remigio prestaba bien enjaezados sus caballos para recorrer la hacienda y las pequeñas plantaciones de cacao de los humildes lugareños que se alegraban igualmente de tan extraña visita y de las improvisadas y jocosas travesuras, la mayor atracción eran las guitarras que por la noche, en el salón de la rústica vivienda, le hacían la corte a la adolescente que con ellos compartía al piano el improvisado repertorio de música y canciones del momento. Al regreso Adela decidió acompañarlos, con el permiso de su padre, a quedarse con sus primas en Popayán.
Incorporándose en la cama, perentorio, Emiliano ordenó a hermana Gladys, la señora de la casa, abrir el portón porque escuchó el llamado de Oscar, un silbido que era como una especie de contraseña, quienes estaban visitando al enfermo se miraron unos a otros sin poderle dar una explicación, en realidad nadie había llegado y nadie había movido la inmensa aldaba de bronce para golpear anunciándose en la madera. Finalmente Jaime decidió contarle que los muchachos habían perecido en la erupción del volcán Puracé, se salvó Napo a consecuencia de su sangre fría, al comprender de inmediato la tragedia agarró del cuello de la chaqueta a su compañero, ambos, buscando refugio, se arrojaron detrás de una inmensa roca, Ismael, curioso por conocer la situación, levantó la cabeza por encima de la gigantesca piedra, en ese mismo instante una masa incandescente le quitó la vida golpeándolo ferozmente, otra alcanzó a quemar parte del trasero que Montealegre no alcanzó a proteger por el espacio que ocupaba el cuerpo de Piedrahita. De los compañeros que participaron en esa alocada excursión al Puracé quedó tan solo una inmensa masa de carne chamuscada que impidió la identificación de cada uno de ellos, la ropa ardió de igual manera convirtiéndolo todo finalmente en ceniza.
Los personajes de este relato hace ya largo tiempo que sobreviven en el recuerdo de muy pocos que también lentamente marchan al olvido.
Jamundí, otoño del 2015.




