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Domingo, 4 de octubre de 2026

LA FLAUTISTA DEL CAMELLÓN

LA FLAUTISTA DEL CAMELLÓN
Bulevar de los Días
Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Loco-mbiano
LA FLAUTISTA DEL CAMELLÓN
http://www.emiliovillalba.com/ilustraciones/

Los días van pasando entre los árboles, las lianas y las alas de tanta ave en el Río. Y nosotros nos cruzamos con ellos y vamos percibiendo olores, colores, variaciones que los hacen diferentes. Qué sería de la vida si no cambiara constantemente. Sería unicolor, insípida y aburrida.

En el paseo saludable que a diario hacemos por las riberas de nuestro hilillo de agua que era el Río Cali, a más de contemplar como a ángeles de pequeñas alas, al martín pescador con su corona negra, su collar blanco, su pechera roja y su manto negrusco y a los gallinetos carpinteros con su mechón rojo, a las señoras mirlas y a las infantiles alondras, también vemos otras epifanías adorables.

Hoy hemos asistido a un espectáculo tierno y santo. Nos ha tocado en suerte ver a una muchacha hermosa que venía en frente a nosotros por la misma acera. Era de estatura mediana, como de 25 años, delgada, tiznada su tez y sus piernas largas por el mugre sin que ello la hiciera ver como sucia o de aspecto desagradable. Su cara era distinguida y llevaba una faldita corta que la convertía en una figura teatral y esplendorosa.

El espectáculo era sencillo y a la vez grandioso. Ella no estaba interesada en mostrar un show. Era ella y así iba por el camino, como una juglaresa sin ánimo de cobrar un céntimo por su labor. Portaba en sus manos, apretujada sobre la boca, una revista enrollada que simulaba una corneta o una flauta. Y tocaba una canción mientras bailaba con los ojos entornados.

Me detuve un instante para tratar de oír la melodía y distinguir el timbre, la dulzura o el dolor que la inspiraba. Al final logré oír el sonido que brotaba como un murmullo de agua entre las piedras. Desde su garganta salía un sonido gutural, casi inaudible. Quería salir de la flauta y, a duras penas, se enredaba entre las paredes de la revista. Era tan débil la respiración de los pulmones que lo producía. Era una melodía de hambre, de inanición, de desamparo.

Nos fuimos alejando de la escena y fue quedando allá, atrás, en la soledad del camellón la aparición fugaz de la flautista. Siguió de largo con su testimonio en esta ciudad de Río sin agua, de cigarras en silencio, de oídos sordos, de una cultura sin piedad ni dueño.

Qué sensación de impotencia queda en el ánimo. La juglaresa seguirá con su rollo sobre la boca semisoplando y haciendo el esfuerzo de satisfacer a sus espectadores. Nadie le oirá ni entenderá su arte. Es, tal vez, el símbolo de lo que puede ocurrir en las metrópolis. Sus gentes, sus gobernantes no alcanzan a percibir los sonidos de los pobres, de los artistas, de los que gastan su garganta y su imaginación tratando de llevar un mensaje de alivio para la humanidad con su canto.

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